domingo, 17 de mayo de 2015

Cuántas veces nos empeñamos en llegar a un lugar, en conseguir ciertas cosas, en cumplir con algunos objetivos. Cuántas veces nos calzamos las anteojeras y nos olvidamos de que, en realidad, lo asombroso siempre acontece en los márgenes. Los tres  días que necesité para llegar desde Chiang Mai hasta Luang Prabang me demostraron que muchas veces la trama es mejor que el desenlace.
Si lo que se busca es desplazarse de un lugar al otro, son múltiples las alternativas que existen en el sudeste asiático. Hay aviones de bajo costo, barcos con camas cuchetas, trenes y buses. Pero si lo que se busca es palpitar el verdadero pulso del pueblo, siempre es mejor optar por el medio de transporte de los lugareños.
La ruta tradicional que une el norte de Tailandia con el corazón de Laos contempla tres días de travesía, un verdadero derroche de horas en el marco de un viaje de un mes. Cualquiera que esté desafiado a invertir semejante cantidad de recursos seguramente se alertará. Y aquí es donde aflora el primer choque de civilización. Los occidentales estamos acostumbrados a ganar tiempo. A comprar ya. A querer todo ahora.
El corazón se impacienta, las manos comienzan a sudar y el pulso se acelera descontrolado. El cuerpo se prepara para la amenaza inminente: la impuntualidad y el derroche de tiempo. Pero a medida en que las horas pasan, todos estamos destinados a sufrir la más asombrosa metamorfosis. Un cambio en el que el ritmo acelerado del cuerpo va cediendo lentamente hacia el pulso del laosiano. Va desarmándose hasta bailar con el movimiento pausado del río Mekong.
Esta es la crónica de los tres días que transcurrí en camino hacia Luang Prabang, una ciudad del sudeste asiático de cascadas turquesas y gente que invita a compartir. Epicentro de uno de los pocos países comunistas que subsisten en el mundo. Sitio que muchos viajeros (erróneamente) se saltean en el recorrido. Un increíble oasis en el que nadie intenta venderte nada. Un reducto de paz sin carteles de Mac Donnalds ni promesas de un mundo feliz.

Día uno:
De Chiang Mai a Huai Xai en bus y ferry


A las 10 del viernes 7 de marzo del 2014 abandoné Chiang Mai, la ciudad del norte de Tailandia que se caracteriza por tener la mayor cantidad de templos budistas. Podría decirse que mi visita fue exprés. Apenas si me quedé cuatro días. Pero ese tiempo fue suficiente para que me adentrara por primera vez a la cultura asiática. Tummarat Kornmakiaw, el joven monje del templo Wat Chedi Luang, me había explicado con un inglés básico el significado de “dejarlo ir”.
“Buda nos enseña que no tenemos que aferrarnos a las cosas materiales. Tampoco a los sentimientos que nos oprimen el corazón. Si hay un dolor o una pena en la cual no encontramos respuestas, siempre lo mejor es dejar ir ese sentimiento. Let it go”.
La idea ahora era llegar hasta Chiang Khong, ciudad del extremo norte de Tailandia donde el país se une con Myanmar (ex Birmania) y Laos formando el Triángulo de Oro. En la antigüedad, este era un punto neurálgico de Asia porque allí tenía lugar el intercambio de sedas, especias y otras mercancías desde el corazón del imperio jemer hasta el resto del continente.

El viaje en bus podría haber sido perfecto, de no ser por mis repentinos ataques por ir al baño. Cualquiera que piense visitar estas latitudes, deberá tomar unas terribles pastillas verdes que caen como bomba al estómago. La Doxiciclina de 100 miligramos (Vibramicina según su nombre comercial) actúa como antibiótico contra la malaria. Como todo lo bueno suele estar antecedido por algo negativo, esta profilaxis tenía una maldición: generaba una gastritis terrible, acompañada por las más inoportunas ganas de vomitar.
Al cabo de seis horas, el chofer detuvo en seco el colectivo. Los pasajeros comenzaron a bajar y preguntar por sus maletas. Quedé desorientada. Habíamos llegado al centro de Chiang Khong pero nadie sabía decirme qué tenía que hacer en consecuencia. Intenté en vano comunicarme con lugareños: apenas el 10 por ciento de la población habla inglés. Estaba a punto de largarme a llorar cuando Richard –un fotógrafo londinense- me dijo: “Puedes quedarte a dormir aquí o intentar pasar la frontera. Si llegas hasta Huay Xai, la primera ciudad de Laos, lograrás alojarte por un precio mucho más razonable”.
Me calcé la mochila y lo seguí. Tomamos un taxi que nos dejó en la oficina de inmigración. Tras hacer una cola de unos minutos, Richard se acercó a la ventanilla. Habló con un señor de cara poco amistosa, se dio vuelta y me pidió un dólar. Al principio no supe porqué. El misterio se reveló cuando noté que los pasaportes que tenían la cara de Washington avanzaban más rápido en la fila. La divisa norteamericana servía para acelerar el trámite del visado en la República de Laos en la que estábamos por ingresar.
Pagamos por la visa, logramos que nuestros pasaportes queden sellados y nos tomamos un ferry que nos llevaría rumbo a Huay Xai (Hok Say). Fue la primera vez que me encontré cara a cara con el Mekong. El quinto río más largo de Asia es la principal vía de transporte de todo el sudeste. Así como los países occidentales desarrollan cada vez más los trenes de alta velocidad, en este rincón del mundo en cambio se sigue apostando por el mismo medio que se usaba siglos atrás. El río nace en el Tíbet y recorre en total 4.880 kilómetros hasta terminar en Vietnam. Famoso por su protagonismo en la Guerra Fría y los constantes bombardeos norteamericanos de la década de 1960.



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Al llegar a Huay Xai me despedí de Richard y decidí alojarme en el Friendship Guesthouse, un pequeño hotelito ubicado en sobre la neurálgica calle Saykhong. La vida de esta ciudad de frontera palpita sobre esta avenida aunque ese latido tiene las horas contadas. Las estrictas normas del comunismo obligan a los comerciantes a cerrar sus locales a las 23. Sin excepciones. Cualquiera que ose a mantener abiertos los negocios para el turismo será severamente multado. En Luang Prabang me encontraría con el mismo fenómeno. Todo cierra a las 11 de la noche, a excepción de un Bowling ubicado hacia las afueras de la ciudad. Pero ya llegaré a eso.
El Friendship Guesthouse miraba a la calle mediante seis balcones de estilo francés de fines del siglo 19. La mayoría de las construcciones de esta ciudad tenían el aspecto de viejos cabarets y nunca sabías en qué momento iba a aparecer la bailarina de cancán revoleando sus piernas. Edificios de dos pisos, sostenidos por balcones de columnas jónicas y pasamanos de madera, todos tenían el estilo del país que ofició de protector hasta la Primera Guerra Mundial.
Es que a partir de 1867, Francia convirtió a Laos en el principal proveedor de café y opio de China. Las construcciones de Huay Xai rememoran aquella floreciente época en la que Viang Chan (Vientiane por su traducción al francés) fue el centro administrativo de la nación. En el Friendship Guesthouse, las escaleras de caracol unen los dos pisos. Y en las habitaciones, hay varios artilugios que te hacen dudar respecto al siglo que estás viviendo. Como el tomacorriente, que era de madera y estaba abarrotado de cables.
En uno de los balcones flameaba la bandera roja del comunismo. El martillo y la hoz te recordaban las estrictas normas del régimen que había sido implantado en 1975. Por ejemplo, que no estaba bien visto preguntar. O al menos eso demostró el conserje del hotel. Era un joven despierto y vivaracho. Dispuesto a evacuar de la mejor manera consultas del tipo: “cuánto cuesta la habitación, cuál es la clave del wiffi y a qué hora sirven el desayuno”.
Ahora, si la pregunta era más profunda sería ignorada con la más perfecta cara de póquer. Consultas del tipo: “Usted es feliz viviendo aquí, qué tal es el comunismo, qué piensa usted de sus gobernantes”, serán inmediatamente censuradas con una mirada de desconcierto primero, y un silencio después. Ni excusas ni rechazo. Puro y duro silencio.

En las calles Huay Xai la gente tenía el aspecto de estar haciéndote una broma que no sabías cuándo ni cómo iba a acabar. En un abarrotado mercadito de la calle Saykhong, una muchacha sostenía un cartel que decía I have everything for you. Llevaba el pelo teñido de rojo. Y el mismo color había usado para remarcar sus labios y, exageradamente, sus pómulos. Esta es la frase que más se repetía en la ciudad. Y la entonaban hombres y mujeres con acento agudo, extendiendo hasta el infinito la última sílaba en forma de iuuuuuuu.
En una peluquería, mujeres se acomodan el aspecto. Vestían remeras de Superman y Hello Kitty. Ante los ojos de los turistas, nunca dejaban de sonreír. Y eran tantas las sonrisas que en algún momento pensé que eran fachadas. Que la gente en el fondo escondía algo. O cuanto menos lo disimulaba. ¿Es posible que sonrían tanto, todo el tiempo? A las 23 en punto, los comercios comenzaron a cerrar. Las luces de la calle, a apagarse casi en una misma sintonía. Minutos después ya no quedaba un alma en la vereda, a excepción de un perro. Y de unos jovencitos de traje y corbata que se disponían a ir a un casamiento.






Día dos:
Desde Huay Xai hasta Pakbeng en slow boat


La distancia que une Huay Xai con Luang Prabang es un poco menos que la que vincula la ciudad de Córdoba con Buenos Aires. Son 477 kilómetros. Lo que en Occidente demoraría poco más de seis horas, en estas latitudes tardará… dos días.
-¿Dos días???-, pregunto al señor de la boletería.
- Sí, dos días –responde-. Son seis horas durante la primera jornada. Descansas en Pakbeng y otras seis horas más para llegar a destino.
Dos días para llegar a un destino –en el marco de un viaje de un mes- suena como una verdadera amenaza para la mente occidental. Un cerebro que está acostumbrado a los mensajes del tipo: “gane tiempo”, “compre ya” no entenderá el sentido de semejante derroche de horas. Una vez más habrá que viajar por el río. Como me enteraría más tarde, en precarios barcos de madera. Si bien tienen un motor, se desplazan a una velocidad casi equivalente a la que iría un kayac impulsado por dos hombres.
“Existe una forma más rápida de llegar –aclara el vendedor-. Le llamamos ‘fast boat’. Es un poco más costoso y demora apenas un día. Pero no te garantizo la seguridad. Muchos turistas han muerto en el camino”.
En el muelle de Huay Xai aprendo mi primera lección: más vale no apurar el transcurso natural del tiempo. Más vale no tentar al destino con el apuro y mucho menos a las serpientes o “nagas” que habitan en lo profundo del Mekong. Según la creencia popular, estas místicas criaturas deciden sobre el destino de cada embarcación. Si el hombre no rinde el culto que se merecen, pueden hacer desaparecer los barcos con la facilidad de un coletazo primero y una bocanada después.
Tratando de contener mi ansiedad, compré por 1.800 bats mi boleto en el “slow boat” o bote lento que me llevaría a Luang Prabang en dos días. Me acerqué al embarcadero y noté que los barquitos eran mucho más precarios que lo imaginado. Los asientos también eran de madera. Por eso muchos turistas, oportunamente, habían comprado un almohadón en las agencias de viaje. En la parte de adelante estaba dispuesta la casa de los espíritus, el sitio donde se rinde culto a las almas. En las viviendas se encuentran siempre sobre el techo. En los barcos, en la proa.
Me senté en el primer asiento y me dispuse a esperar. La segunda amenaza del día fue la impuntualidad. Se suponía que íbamos a zarpar a las 11 pero terminamos partiendo una hora y media después. Otra de las lecciones que me llevaría en este periplo: en oriente la naturaleza domina al hombre y no al revés. Un barco recién partirá cuando se hubiese llenado.

Por la expresión de los rostros era muy fácil distinguir turistas de lugareños. Los primeros estaban impacientes. Un grupo de norteamericanos repartió latitas de cerveza de una conservadora. Otros tiraron una alfombra en el piso y comenzaron a jugar al póker. Los laotianos en cambio estaban relajados. Una mujer se pintaba las cejas, otra le entregaba un poco de arroz con pollo a su hija. Un hombre miraba atónitamente al río y otro distinguía aquel que entraba con pollitos en una bolsa de arpillera y gallinas en una jaula de mimbre.
Cuando el capitán encendió el motor, en el barco ya no cabía un alfiler. Los pocos espacios que habían quedado vacíos estaban colmados de bolsas de verduras y tubérculos. El hombre que hasta ese momento tenía la vista fija en el río, sacó de su bolso un racimo de bananas. Con la naturalidad de quien se lava los dientes por la mañana, me entregó parte de su botín. Llevaba una camisa verde militar de camuflaje, muy comunes en estas zonas. Ni siquiera preguntó si quería, directamente compartió.
Es que en el sudeste, el hombre es un eslabón más de la naturaleza. Tomará de ella lo que necesite. Y el resto lo compartirá. Porque la reina madre es generosa y en el mundo hay oportunidades para todos. Otra vez recordé las palabras del joven monje que conocí en Chiang Mai: “Let it go”. A medida en que pasaban las horas, se iba generando en mí una transformación. Una metamorfosis en el que mi ritmo acelerado cedía lentamente ante el apacible curso del río.
Al cabo de seis horas llegamos a Pakbeng, un pueblo de apenas una calle. Atardecía. Una sopa hindú de calabaza y leche de coco fue lo último que recordé. El resto fue dormir. Un profundo y largo sueño como no había tenido en años.



 Porque a veces las palabras no hacen falta y así lo demostró el lugareño que estaba sentado justo enfrente mío. De piel avellana y sonrisa blanca de cuarto creciente, asintió con la cabeza cuando un turista israelí compartió la música que estaba escuchando con sus auriculares. Al tiempo ya era uno más del grupo. El hombre repitió una a una las palabras que aparecían en la guía:
“Sabaidí”, para expresar gracias.
“Kop Yai lai lai”, muchas gracias.
“Lakón”, adiós.
“Pak Kan Mai”, te veo luego.





Otros dos laotianos que hasta ese momento tenían la vista fija en el río voltearon sus cabezas para presenciar la escena. Sonreían, pero esta vez en forma genuina. “No entiendo lo que dices –seguramente pensaban-. Pero me divierte mucho verte”. Vestían camperas militares. Uno de ellos, el del enorme anillo de oro, sacó de su bolso un racimo de bananas. Y con la naturalidad de quien se lava los dientes por la mañana, nos ofreció parte de su botín. Ni siquiera preguntó si queríamos. Directamente cortó el fruto y la entregó. Fue este quizás mi mayor choque de civilización.




Día tres:
Llegada triunfal a Luang Prabang

El domingo 9 de marzo, el barco parte a las 10.30. Esta vez nos toca de acompañantes una pareja de laotianos con una pequeña de ojos vivos. Algunos comen manzanas rojas y otras rosadas. Los papás sacan arroz con pollo de una bolsa de nailon y comienzan a comerlo con la mano.




Esta vez el paisaje alterna más sitios poblados. En cada una de sus costas, hay niños jugando o ancianos sentados sobre los talones. Con las vistas fijas en el agua. Es una creencia popular de que en el Mekong existen serpientes llamadas “naga”. Si estas creaturas sobrenaturales se encuentran enojadas pueden decidir sobre los destinos de una embarcación. Con sólo asomar su larga cola, puede voltear el barco y hacerlo desaparecer sobre las fauces del río.
Van pasando las horas y ya no recuerdo qué estoy haciendo aquí ni porqué. Transitar se convierte en el fin último del viaje y no en un medio para llegar a un lugar. Una puesta de sol, inabarcable a la vista, alienta a bajar aún más las pulsaciones. Lentamente te vas poniendo a tono con el río y con el ritmo del laotiano. En cada minuto transcurrido se opera en mí una transición. Una metamorfosis. Como quien pierde una batalla sólo por la negación de querer librarla.


jueves, 8 de enero de 2015

En este puesto de montaña que mira hacia el Champaquí, el calendario se detuvo en el 13 de junio. Y el reloj de pared, en las seis y diez. Ambos permanecen inmutables ante el paso de las horas, por más que ya sean las 12 del sábado 20 de septiembre de 2014. De la misma forma, esta casa de piedra y adobe crudo también parece rendirse ante el transcurso del tiempo. Aquí la sangre corre tanto como el vino: cuando se carnean vaquillonas o se entierran cuchillos en el corazón del agresor. Las muelas se arrancan de la misma forma en que se enlazan los potrillos. Las quebraduras se emparejan como si se entablillara a un ternero rengo.
Las Pampillas es el último puesto que subsiste como tal en el sur de la Pampa de Achala, aquel pedazo de Córdoba que bordea las Sierras Grandes y que concentra los ríos que abastecen al 80 por ciento de la población provincial. Durante buena parte del siglo pasado, eran 16 los puesteros que se radicaron en la zona. Pero la mayoría fue vendiendo sus terrenos por poca plata, se fueron yendo a los centros poblados, o al cielo. Atraídas por las grandilocuentes promesas del consumo, las nuevas generaciones se mudaron a la ciudad. Pero a sus ciento-y-pico de años, Marcos Domínguez sigue manteniendo viva la tradición serrana. Como el último individuo de una estirpe que se resiste a desaparecer. 



Existen varias formas de llegar. Una es más directa pero escarpada, desde Traslasierra vía Los Molles y Cuesta de Los Cerros. La segunda es por Villa Alpina. Quienes opten por esta última opción, deberán hacerlo caminando o a caballo.
Es la primera vez que visito a Don Marcos y elijo hacerlo con motivo de su cumpleaños número cien. A las 12 arrancamos la caminata que nos llevará rumbo al puesto. Marcos Paniagua, guía de montaña del Club Andino Córdoba, conduce al grupo. Llevamos dos carpas, aislantes, bolsas de dormir y vinos de regalo.
Al rayo del sol, andamos 13 kilómetros rumbo al oeste. Pasamos por la cuesta de La Mesilla, luego por el antiguo cementerio. Cruzamos el arroyo Los Socavones primero y el río Paso del Tabaquillo después. Al cabo de seis horas, llegamos a una planicie de pasto bien cortado, con forma de mesa de billar. Una chimenea humeante –la cocina de leña está siempre encendida–, es señal certera de llegada.
La cima puntiaguda del cerro Grande, más conocido como Negro, es lo primero que se distingue desde el gran ventanal de la cocina. Esta elevación de 2.629 metros sobre el nivel del mar y su vecino Champaquí (2.880) forman parte de las Sierras Grandes, la espina dorsal de Córdoba que se originó como desprendimiento de la cordillera de los Andes. El valor de este pedazo de provincia es incalculable. Un macizo de granito conforma el suelo, dentro del cual corre una cámara de magma. Cuando la lava hace fuerza para salir a la superficie, rompe la roca y se mineraliza en cuarzo, feldespato y mica. Las Sierras Grandes son además el tanque de agua de la provincia. Durante épocas de lluvia, funcionan como esponja porque retienen el agua. Y en épocas secas, largan el elemento vital en forma de ríos o arroyos. 
Todas estas cuestiones eran desconocidas por los primeros pobladores. Ellos simplemente buscaban un terreno donde criar su ganado. En una extensión de 245 hectáreas, nuestro personaje puso en marcha su hacienda. Se dedicó a la cría de ovejas, cabras y vacas. Aprendió a hilar la lana y a realizar frenos y látigos de cuero. Gozó de la época de oro de las sierras, en la que todos los puesteros vivían solidariamente. Si alguno necesitaba techar su rancho, todos iban para su casa. Si otro precisaba esquilar, también. Las tareas siempre terminaban con una ronda de vino. 

Una riña de gallos
El día de su cumpleaños, Marcos Domínguez está sentado en la punta de una mesa, en un comedor abarrotado de parientes y “turistas”, como llaman los paisanos a quienes no son oriundos del lugar. Lleva un sombrero de ala ancha con sus iniciales, poncho rojo y una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos luminosos están fijos en una torta, con una mirada de quien no le debe nada a nadie. Tiene el rostro surcado por arrugas, pero aparenta ser mucho menor.
A juzgar por las velas, no es posible determinar cuántos años tiene. La torta con cobertura de chocolate y grageas lleva la siguiente inscripción: “Sin cuenta”. Más tarde me enteraría que es posible que Marcos tenga más de cien. Cuando nació, su madre no lo inscribió en el registro. Recién pudo hacerlo a los 15 cuando intentó en Alta Gracia hacerse enrolar.
“La vida es para estar tranquilo y contento. No hay que pensar macanas. Que Dios les pague todas las gauchadas que ustedes han hecho por mi”, dice el viejito antes de soplar las velas. Una multitud lo alienta, como si fuese estrella de rock.
Hacía dos meses que Jorge Pereyra –hijo de su segunda esposa–  venía  organizando los festejos. Cargó las bebidas a lomo de mula y pidió a quienes se acercaran que por favor trajeran ingredientes para el locro. El viernes anterior a la fiesta de cumpleaños, se vendieron 120 porciones. Y el día siguiente se carnearon dos vaquillonas para alimentar a 250 personas.
En la otra punta de la mesa está sentado Edgar Domínguez, sobrino nieto de don Marcos. El hombre, de 34 años, cuenta que prefiere mil veces la ciudad. Dice que trabaja como picapedrero en Las Rabonas y que así está mejor: “Es muy linda la montaña cuando sos chico. Cuando crecés, te tenés que mudar. En la sierra no hay futuro. Necesitás mucho ganado porque si no, estás frito”.
Su prima Marisel asiente con la cabeza: “Me fui a vivir a Córdoba porque a mi pareja no le gustaba el campo. Mis hijos no quieren saber nada con mudarse para acá. A ellos dejálos con la play que así están felices”. 


En una sala contigua a la del comedor, un guitarrero cierra los ojos al cantar, como si evocara los recuerdos más arraigados de su memoria. Dos paisanos se desmayan sobre un tablón de madera y meditan un sueño eterno.
“Yo amo a todas las mujeres porque nací de una mujer”. Ramón Quintero saluda sacándose el sombrero, sosteniéndose de la pared para no caerse. Su cerebro intenta enviarle órdenes a su boca, para que éstas modulen claramente las palabras, pero no puede. Está bien borracho. “Me dicen Panqueque. No es porque yo sea vuelta y vuelta. Me dicen así porque…”, y ya no se le entiende nada más.
El hombre extiende su mano para invitarme a bailar y muestra los pocos dientes que le quedan. Acepto una pieza de chamamé que resulta interminable. Ramón domina el baile mucho mejor que su discurso. Está claro que en la pista las palabras sobran. Más parejas bailan; ellas de jean y ellos de poncho y zapatillas. Dos hombres se disputan por una mujer. Se amenazan, gritan. Parece una riña de gallos que evoca épocas más primitivas.



Recién al día siguiente puedo hablar con Marcos. Mi intención era levantarme temprano, pero no pude. Cerca del mediodía, y con el apuro por tener que regresar antes de que anochezca, pido hablar con el viejito justo cuando se disponía a almorzar. Asombrosamente acepta y de muy buena manera.
Ahí me enteré que este personaje nació en Paso de Garay. Que sus padres eran muy pobres. “No sé si me querían. Me conchabaron a los 12 años”. Dirá que fue entregado a la familia Quinteros. Que con ellos aprendió a trenzar el cuero, uno de sus principales sustentos económicos. Y que en 1939 se casó con Carmen Antonia López. “No era linda, pero no me importó. Una vez un amigo me dijo que si me casaba con una mujer bonita, todo el mundo me la iba a mirar. Pero una esposa fiera es igual que una perra parida. Nadie te la toca”, y se ríe.
Contará que mediante un sistema llamado “el tercio”, se ganó 300 ovejas y 70 cabras. Valga antes una aclaración: ya me habían advertido que Marcos exageraba. Y que a veces mentía. Pero lo cierto es que hacia comienzos del siglo pasado, los dueños de las estancias pagaban muy bien a los puesteros. Por tres cabras u ovejas que nacían, una iba para el trabajador. Con la necesidad de establecer su majada, Marcos se instaló en Las Pampillas en 1940. De la misma manera se habían aquerenciado otros 16 puesteros más.
“Yo soy el último de los puesteros –me dice don Marcos-. Todos se fueron muriendo, o vendieron los campos por muy poca plata. La única forma que me lleven de aquí tendrá que ser en el cajón”. El reloj marca las 13.45 y Marcos, el guía, me indica que debemos partir. “Ésta es la historia. Tengo que volver”, repito como un loro durante todo el camino de regreso.

Un salvaje sin domesticar
La segunda vez que vuelvo a Las Pampillas, elijo hacerlo a caballo. Conseguir animales y guía no es tarea sencilla. Debo comunicarme varias veces con una radio central. A través de un handy, un operador le avisa a Jorge que lo busca la periodista que estuvo para el cumpleaños. El hombre sale del puesto para agarrar señal. Al cabo de unos minutos lo llamo a su teléfono celular y recién ahí le cuento los detalles de mi plan. “Por radio no podés decir nada. Todos en la zona la escuchan y son muy chusmas”, advierte.
Jorge me pone en contacto con su primo Osvaldo González. Y éste, junto con su hija Adriana, me guían durante el trayecto aquella inestable mañana del viernes 3 de octubre. Salimos tres horas después de lo previsto. El día amanece lluvioso. El clima recuerda que, en la montaña, la naturaleza domina al hombre y no al revés.
El paisaje alterna escarpadas cuestas con pastizales llanos. Osvaldo no ha parado de hablar por celular en todo el viaje. Me sorprende eso: la hiperconectividad. Adriana me pregunta: “¿Tenés Facebook?”. Con una mano sostiene la rienda; con la otra, su teléfono.
Mientras recorro nuevamente los 13 kilómetros, escucho la primera asombrosa historia de uno de los antiguos puesteros del Champaquí.


A Osvaldo González lo llaman “El Salvaje”. Este apodo no es porque se haya criado como un animal en el medio de la selva. Lo conocen así porque nació en el monte: su mamá no llegó al hospital. Corría entonces el año 1972 cuando Sara Ledesma decidió mudarse a la casa de sus padres, en Alto El Chicharrón. Por ahí cerca vivía doña Melsa de Pino y cada tanto su casa funcionaba como dispensario. Los doctores Tomás y Agustín Caeiro ya le habían advertido que su hijo nacería en agosto, muy posiblemente el 29.
Pero el parto se anticipó y a comienzos de mes la mujer tuvo las primeras contracciones. “Se enfermó”, como dicen en la zona. Su esposo Ramón González ensilló los caballos. Le dijo: “Comadre, nos vamos para el pueblo” y partieron hacia Villa Alpina.
Cuando estaban en camino, la mujer advirtió: “Mirá que no llego”. Y sus palabras sonaron a profecía. En el medio de una cuesta, Ramón detuvo los caballos. Retiró los aperos y con ellos armó una camilla. Osvaldo nació un 5 de agosto en La Mesada Alta, camino al pueblo. Desde ese día lo llaman “El Salvaje” y ninguna mujer lo ha podido domesticar.

“No merece la gracia de Dios”
Seguimos en camino. Pido a Osvaldo que pasemos por el antiguo cementerio del Champaquí. A simple vista, parece un puesto abandonado. Un conjunto de piedras perfectamente ensambladas rodean el perímetro del camposanto. Adentro, las tumbas más antiguas están identificadas con una cruz herrumbrada. Las más viejas son de 1941. Las más modernas tienen nichos de cementos con fotos, placas de bronce y flores de plástico. Los apellidos se repiten: Olguín, Pino, Merlo, Domínguez, González y pará de contar. De tanto en tanto, una mata de yuyos verdes corta con el gris del pedregal.
Quien no esté apurado y tenga un mínimo ojo suspicaz, podrá darse cuenta de que por fuera del camposanto existe otro rectángulo más pequeño. También formado por piedras, el cubículo se ubica entre el cementerio viejo y el costado este del cerro La Mesilla.
Aquí yace Chichi Olguín, hijo del puestero Raúl Olguín, protagonista de una de las historias más tristes que se recuerden en la zona. Era muy joven cuando decidió quitarse la vida, tirándose por un precipicio. Más joven todavía cuando mató a su hermano de una cuchillada. Pero a criterio de los serranos, aunque haya sido chico para discernir, no merece ser enterrado dentro del camposanto. Debe permanecer afuera para no alterar a las almas que fueron bendecidas por Dios.



Por la izquierda para darle la contra
Llegamos al puesto sobre el filo de la noche. Minutos después, se larga el aguacero. Un viento fuerte arremete con los dos árboles autóctonos de la entrada. El río Paso del Tabaquillo, que se encuentra a metros de la casa, se desborda por completo. Quedamos aislados.
Por suerte Jorge y su esposa Miriam López nos esperan con mate extra dulce y pan casero. Aclaran que, en el campo, la infusión amarga es sinónimo de desprecio. Comentan que el tío Marcos no se siente bien: “Debe ser por la fiesta”. Su hijo Jean Carlos juega al truco con Alberto, única descendencia de don Marcos. Mientras el mate va y viene, las historias siguen el mismo curso.



Jorge comenta que con las largas distancias y el difícil acceso a un centro de salud, el puestero se las arreglaba como podía. Las mujeres daban a luz en sus viviendas con la ayuda de su mamá, la partera Rosario Nelly González. Los remedios caseros marchaban a la orden del día. Las “testes” (verrugas) desaparecían con curas de palabra, es decir, rezando dos oraciones: una a Jesucristo y la otra al santo del cual se sea devoto.
Cuando al caballo le daba un ataque de “pasmo” (se le secaba el vientre y se le ponían los ojos llorosos) era necesaria una cura de rastro. Había que acercársele despacio y con los brazos cruzados, agarrarle las orejas. Sin dejar de rezar, pegarle tres tirones. Echarle un baldazo de agua fría entre la panza y las patas. Cuando el animal lanzaba un suspiro, era señal de que se había curado.
Si tenía mal de querencia, otra cura de rastro. Porque podía pasar que el caballo no se acostumbrara al pago. Había que juntar grasa de gallina y mezclarla con ajo picado. Comenzando por la pata derecha delantera, pasarle el ungüento rezando a Jesucristo y luego al santo del cual se era devoto. Luego se hacía lo mismo con la pata izquierda trasera y las dos restantes. Y para llegar a ellas, era necesario girar siempre en sentido de las agujas del reloj. ¿Por qué por la izquierda? Se sabe que las cartas se dan por la derecha. Cualquiera que lo haga de otra manera estará faltando el respeto. Al caballo en cambio hay que darle la contra. “Así le trabás la querencia”, cuenta Jorge y entrega otro mate extra dulce. 




Cuando la lana se cotizaba 
Llega el momento de llevarle el té a don Marcos. Me ofrezco para hacerlo. Encuentro al viejito absorto en sus pensamientos, con la mirada fija en la ventana de su habitación, como aquel día tenía la vista fija en la vela. Acepta la tasa y se mete el pan en el bolsillo. Dice que es una costumbre que le quedó de chico: guardárselo para cuando asalte el hambre. Sus manos parecen dos guantes estrujados.
“Vi tantas cosas en mi vida que estoy encandilado”, bromea. Cuenta que hallar una cantera de berilo fue una de las cosas más asombrosas que le pasó en la vida. Fue una tarde en la que enfiló rumbo al poniente, en busca de una ovejita perdida. Hacía tanto calor que se sentó a la sombra de un tabaquillo. Estaba justo armando un cigarrillo cuando vio el mineral, todo verde y puntiagudo. Durante los días que siguieron sacó piedras y más piedras de esa cantera. Salían solas, sin la ayuda de un barreno. Dice que se hizo una pequeña fortuna y que pagó todas las cuentas en el almacén Sol de Mayo.
También contará que hasta la década de los sesenta, el cuero y la lana se cotizaban bien y los puesteros podían vivir de los animales. Con 700 kilos de lana alcanzaba para tirar todo el año. Pero con el desembarco de la fibra sintética, los productores textiles dejaron de comprar. Este derivado del petróleo representó para el campo el principio del final.
La suerte nunca le ha faltado, aclara. Marcos cursó hasta segundo grado y se define como autodidacta. “Una vez que aprendí las letras, les hice decir lo que yo quería”, y se ríe con los pocos dientes que le quedan.
El reloj marca las 18 y comienza a anochecer. “Ya se escuchan las ovejas llegar. ¿Qué tan tarde es?”, pregunta don Marcos. Cuenta que a las 10 larga la majada y que a las 16 los animales comienzan a regresar al corral. Dos horas más tarde, ya están todos de regreso. Entiendo que está cansado y lo despido. Con esfuerzo se levanta para ir al baño. No acepta mi ayuda. Bajo la llovizna y en andador, cruza despacito el patio.


Con un pico clavado encima 
El sábado amanece igual de lluvioso y por el clima no podré regresar. Deberé esperar hasta el día siguiente. Miriam enciende una vela y le pide a Dios, a la virgen y a todos los santos que cuelgan de su altar que por favor proteja a los maratonistas que ese día se disponen cruzar corriendo desde Yacanto. “Que sea lo que Tata Dios quiera”, dice con una mirada que enternece. “Que no les pase lo que a Luisita Salinas –agrega Jorge–, que la mató un rayo”. Sus palabras no alientan.
Aprovecho para llevarle de nuevo el té a don Marcos y esta vez se lo ve de mejor semblante. Vuelve a guardarse el pan en el bolsillo. La cara se le ilumina cuando le pregunto cuántos “leones” cazó en su vida, que es como llama a los pumas. Dirá que mató a 150. “El último lión que pillé, lo agarré saliendo del filo. Era un bicho laaargo, ya me había comido un cuarto de la majada. Le tiré los perros, agarré una piedra y se la partí por la cabeza. Lo enlacé y lo acogoté”. Ese día se ganó las apuestas que el resto de los serranos había depositado en la llamada "caja leonera". 
Con oído extraordinario y memoria de elefante, nombrará uno a uno a los antiguos puesteros. Dirá que las nuevas generaciones elijen la ciudad y las que permanecen, convierten los sitios en albergues para montañistas. Reitera que es el único que queda. No está errado: según los registros de Catastro, el 70 por ciento de las tierras de la región le pertenecen a dos sociedades anónimas. Una de ellas figura con una dirección de Capital federal. Asombrosamente en ese lugar, no hay uno sólo cartel que la identifique.
Cuando la charla esté llegando a su fin, preguntaré si tiene cuentas pendiente. Una vez más, el fuego avivará sus ojos y con la exageración que lo caracteriza contará su última anécdota: “Una noche venía de El Bordo, un bar que había cerca de La Cumbrecita. Ya se estaba haciendo de día. Al alba y desde el caballo, vi una luz al norte de El Champaquí. Como una quemazón que ardía. Al otro día fui a ver y no había ni rastros del incendio. Me acordé de Pancho Ledesma, un amigo, que me supo contar una historia hace tiempo. Me dijo que en ese lugar había una mina de oro, con un pico plantado encima. Otra noche me volví a fijar y ardía”.
Marcos concluirá que quiere ponerse fuerte para trepar el Champaquí. Dirá que hallar esa mina de oro es su materia pendiente. Encontrarla le dará paz. Así recién podrá partir tranquilo al cementerio, única forma posible de abandonar su querido puesto.


Fotografías: Mariano Paiz



* Este artículo fue publicado en enero de 2015 por la revista Energía Positiva, del Sindicato Luz y Fuerza.

domingo, 4 de enero de 2015

Es verdad: el pueblo está escondido. Pero de ninguna manera murió. De aquí para allá se escucha el crepitar de la roca al ser escupida por la montaña. El grito de un obrero que da la orden de explotar la mina. El paso de una mula cansada de tanto acarrear. Una maestra llamando a sus niños a clase, una enfermera curando la herida. No señores, este pueblo nunca murió.
A través de paredes sumisas por los que hoy ingresan tercas matas de hiedra se puede sentir el alma del pueblo. Quien apoye su oído en los muros, escuchará el sonido de una antigua civilización: los Establecimientos Mineros Tungsteno Sociedad Anónima, más conocidos como la “mina del Cerro Áspero”, que están bien vivos.
Así como las ruinas mayas presuponen lo que alguna vez fue uno de los grandes imperios americanos, esta ciudadela da cuenta de lo que alguna vez fue parte del combustible de la segunda guerra mundial. Porque el material que se extraía de las minas iba a parar directamente a los ejércitos alemanes primero e ingleses después, que aprovechaban sus propiedades resistentes para hacer proyectiles de cañón.
Quien se anime a pasar la noche en las antiguas habitaciones de los obreros podrá escuchar sus lamentos. Quien ose adentrarse en las profundidades de la mina mayor sentirá la misma entraña de los cerros. El agua que escurre por las rocas, como la sangre por las venas. Agujeros con derrumbes, claustrofobia y sed.


Sin necesidad de armar grandes planes (basta con la mochila y provisiones para algunos días), los amantes de la montaña pueden conocer los míticos Gigantes o Champaquí. Pero muy pocas veces tenemos la chance de conocer las entrañas de esas formaciones milenarias. Entrar a Pueblo Escondido es vivir la roca por dentro.
Se trata del pueblo minero que comenzó a ser explotado en 1894, tuvo su esplendor durante la Segunda Guerra Mundial y finalmente murió en 1969. Durante todo ese tiempo, fue una especie de meca para devotos de la soledad. Para quienes se hartaban de los albores de la modernidad que a comienzos del siglo 20 ya imponía sus reglas, sus modas y también su esclavitud. A la mina del Cerro Áspero llegaban médicos, ingenieros y maestros que estaban hartos de la civilización, tal como lo retrató la película argentina “Con oro en la mano”, que data de 1940.
Pero también resultaba atractiva para obreros sin calificación que necesitaban unos pesos para alimentar a sus numerosas familias. De países vecinos llegaban mineros ansiosos por amasar fortunas pero que terminaban perdiéndolo todo gracias al llamado sistema inglés. Porque allá por los años 30 funcionó un mecanismo por el cual el obrero consumía diariamente todo lo que quisiera en la cantina. Pero a fin de mes debía rendir cuentas y la balanza terminaba en cero. La rotación de gente era alta, no solo por el riesgo del trabajo en sí, sino también por todo el dinero que perdía en bebidas.


Para llegar a Pueblo Escondido, se puede partir desde Lutti (pasando por Almafuerte) o por Merlo, en San Luis. Quienes opten por esta segunda opción, deberán andar 10 kilómetros en auto, por el camino conocido como "Cuesta del Sol". Unos metros antes del parador donde se practica parapente, hay que doblar al este. Los vehículos se estacionan en un puesto y luego hay que echarse a andar. Son 10 kilómetros más.
También existen otras dos opciones para entrar al pueblo. Una es la vía directísima por el "Puesto del Tono". La otra, por el camino oficial. Esta última demanda unos 5 kilómetros más, pero la recompensa es extraordinaria. Una panorámica del antiguo imperio se puede divisar minutos antes de llegar.
Una extensa ciudadela enmohecida es lo primero que se ve desde la cuesta. Baterías de edificios con y sin techos que se dividen a través de un extenso río. La primera impresión es que a este pueblo lo habitan antiguos espíritus olvidados. Que esta ciudadela está hechizada.


Hagamos un poco de historia. Un mineral valorado por sus propiedades resistentes fue para Pueblo Escondido lo que el oro para los conquistadores españoles. El tungsteno –de color negro brillante–, fue hallado por primera vez en este lugar en 1894 por el geólogo alemán Guillermo Bodenbender. Por su resistencia al calor y al impacto, era altamente codiciado en la industria bélica. Con él se hacían blindajes y proyectiles de cañón, acorazados y tanques de guerra. El auge de esta mina se dio en la Segunda Guerra Mundial. Para ese entonces, eran ingleses los dueños del imperio.
Pero valioso no significaba accesible. Este oro negro se encontraba en forma de ojos, entre vetas de cuarzo. Para extraerlo, había que formar galerías en la roca usando dinamita. Los explosivos lograban abrir las fauces del cerro y lograr que éste escupiera todo su material. Pero era tal el daño que a veces terminaba en derrumbe y ese desmoronamiento, en muerte.
Con el agua del río se separaban los metales, que eran transportados desde la mina mayor a la planta a través de un cablecarril. Hoy esa estructura mecánica puede verse, al igual que un surtidor que se encuentra en el camino. Quien sienta curiosidad por saber lo que sentían los mineros, podrá meterse en las entrañas del cerro, que mantiene sus fauces abiertas desde el día de la explosión. Si bien esta boca permanece sin cerrarse, hay que tener cuidado. Para llegar a la garganta muchas veces es preciso agacharse.
El hallazgo de tungsteno en China dio la estocada final a esta mina cordobesa y al vecino yacimiento de Concarán, en San Luis. Los asiáticos bajaron el precio del mineral por kilo y el Cerro Áspero dejó de ser atractivo para los inversores internacionales. El establecimiento cerró en 1969.



Ahora bien, una cosa es la historia y otra es la que se escribe hoy en este lugar. Porque no hay dudas de que alguna vez fue imperio pero de él, solo quedan un par de habitaciones enmohecidas que están invadidas por matas tercas. Puertas herrumbradas que alguna vez fueron verdes. Puentes colgantes que hoy tienen madera desvencijada. El presente de la mina del Cerro Áspero no se parece a la de la película de 1940. Es más cercano a la realidad con la que en 1992 se encontró Carlos Serra, actual administrador y responsable del nombre “Pueblo Escondido”.
El hombre estudió ciencias económicas y desde que se recibió se dedicó a andar por las sierras. Amante de la pesca y de la montaña, un buen día llegó a la antigua mina y quedó cautivado por su encanto. “Estaba todo sucio, tan arruinado que dolía. Las paredes estaban escritas y desarmadas. Supe que debía hacer algo. Armé un proyecto y me puse a trabajar. Al cabo de un tiempo, la administración era mía”, cuenta.
De a poco Serra logró recuperar algunos espacios, como las habitaciones de los mineros solteros. Una serie de 36 cuartos donde descansaban, de a cuatro por turno, los obreros que no estaban casados. Del otro lado del río, se quedaban los que venían con algún amor. La idea es que las mujeres quedaran a salvo de las garras de los que a  esta zona tan remota de la provincia llegaban sin pareja.




Pero pese al esfuerzo, en muchas zonas persiste el deterioro. Como en las viviendas que estaban destinadas al personal jerárquico, al dispensario y a la escuela. No hay duda de que aquí alguna vez hubo electricidad, calor de hogar a leña, pisos de mármol y puertas de hierro. Hoy hay plantas penetrando por los resquicios que dejan las grietas en las paredes, rosales invadiendo los techos descubiertos y pájaros haciendo nido en los murales con los que se contenía el río. Por más maquillaje que se ponga, nada puede contra las ruinas. El espíritu de los mineros sigue intacto en el lugar. Y su antiguo sufrimiento recarga las paredes. 

Fotografías: Pablo Luscubir



domingo, 14 de septiembre de 2014

La viejita avanzó a paso lento. Entre sus manos arrugadas llevaba un cuenco con polenta. “Es todo lo que tengo”, dijo. Y se lo entregó Víctor Acebo, maestro de ceremonias. A éste se le estrujó el corazón.
Hay 355 días en el año en el que Alberdi, tradicional barrio de la ciudad de Córdoba, le teme a la inseguridad. Sus habitantes cierran sus puertas para que no entren extraños. Todo se guarda. Todo se espía. Todo se sospecha.  
Pero existe otro día, los primeros de agosto de cada año, en que las puertas se abren de par en par. La calle de Enfermera Clermont al 100 se llena de visitantes que llegan para rendirle culto a la Pachamama, la divinidad más potente de la idiosincrasia aborigen de nuestro país. Durante ese día todo se comparte. Todo se entrega. Porque la naturaleza es generosa y en el mundo de la Madre Tierra hay lugar de sobra.
Las ofrendas de la viejita fueron depositadas en el lienzo con otras demás ofrendas. Cigarrillos, cerveza, vino, legumbres, pimientos, ajíes, naranjas y mandarinas. Tortas de manzana, chicha de maní, papas, ocas y chuña. En un paño dispuesto en el suelo se amontonaron los alimentos. A la derecha, el pozo en la tierra donde se depositarán las ofrendas.

“El humo sana” dijo Acebo. El maestro de ceremonias encendió el fuego en un cuenco de barro. Metió papel, cigarrillo y hojas de coca. Avivó las llamas con alcohol. Una coplera recitó sus estrofas, tocando rítmico el tambor. Por más que el evento era multitudinario, reinaba un silencio cargado de emoción.
Algo tiene el fuego que no sé bien qué es. Algo que te remonta a tus ancestros. Que despierta como en alarma el código escrito en tus genes primitivos. En tus antepasados que bailaban alrededor de un fogón. O en aquellos que tras vagar por el desierto se sentaban rodeando una fogata para contar historias.
Pero además tiene un no se qué de reparador. Por algo se usa para quemar cartas y fotos de viejos amores. El fuego arde lo que el agua sana. Qué sería de las brujas sin sus hogueras. De los chamanes sin sus ofrendas. De los reyes sin sus chimeneas.
Aquella tarde en barrio Alberdi, el brasero levantó una humareda de la que nadie intentó zafar. “El humo sana”, repitió el hombre.

El culto a la Pachamama se realiza todos los primeros de agosto en Argentina y países vecinos como Bolivia y Perú. Se cava un pozo en la tierra y se entregan las ofrendas, junto con una intención. A diferencia de lo que comúnmente se piensa, Pachamama no es sólo tierra. También es agua, aire, mar, estrellas y vegetación. En una palabra, naturaleza en estado puro.
Durante las celebraciones, los fieles le dan de comer. También de beber (cerveza, vino o chicha) y de fumar. Son tantos y tan diversos los alimentos que los devotos arrojan al pozo que cuesta creer que la naturaleza sea tan productiva. Mucho más de lo que se ve en las góndolas de los supermercados.
Las semillas tienen un papel importante en la celebración. También se arrojan a la tierra pero con un concepto diferente: para nuestros aborígenes la muerte no significa fin. Uno siempre vuelve en forma de semilla.
Fueron más de trescientas las personas que aquella tarde se acercaron a rendirle culto a la Madre Tierra. Compungidos, se los vio pedir intenciones. Trabajo y fertilidad, lo que más se escuchó.
Un momento de silencio pidió el maestro de celebración. Recordó el nombre de doña Vicenta Villarreal, la viejita del barrio que falleció dejando sus 12 hijos para que recuerden su nombre. Alguien gritó “jallalla” (triunfaremos, en quechua) y todo el mundo lo siguió. Cerca de las seis se tapó el pocito. Víctor Acebo se despidió: “Los que han venido esta tarde, han firmado un cheque en blanco para la Pacha”. 



Fotos: Gentileza Poli Baigorrí















domingo, 24 de agosto de 2014

Un cardenal da vueltas endiablado en el patio de Jorge Cervetto. Como si la mismísima Salamanca le haya robado el corazón. Como si fuera que ha visto el “almamula”, el ánima que vaga por los montes de Añatuya en forma de estrella fugaz. En una jaula blanca de apenas treinta centímetros al cuadrado, el pájaro de cresta colorada sacude sus alas como si se desprendiera del día.
En este patio de barrio Los Lagos, en La Banda, el cardenal se desespera. No es su canto el que predomina en el lugar. Es el de los músicos que han traído guitarra, bombo y violín. Aquellos que cantan zambas y chacareras mientras se pasan el mate, los criollos y las hojas de coca.
Fotografías: Gentileza Sebastián Spurio
Gustavo Fernández lleva 14 horas cantando sin parar. Aquel sábado 16 de agosto, el moreno santiagueño –de camisa roja a cuadros– ha comenzado a las nueve de la mañana. Ya son las once de la noche y aún sigue abrazado a su guitarra. No da signos de querer soltarla.
En la casa de Jorge Cervetto (alias “El Gato”) ya no cabe un alfiler. Dos carpas se amontonan en el fondo del patio y otras tres, en la cochera. Peregrinos de la zamba han llegado desde sitios remotos del país. Algunos desde Córdoba. Otros desde Firmat y San Jorge, provincia de Santa Fe. Todos para asistir al cumpleaños más famoso de Santiago: el de la abuela María Luisa Carabajal.

No sentir sino el azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo. Hombres que cuando cantan cierran los ojos para evocar los recuerdos más profundos de su memoria.

Horas antes de caer en el patio de El Gato, por recomendación de unos amigos, le habíamos hecho honor a la siesta santiagueña durmiendo en la plaza principal de la capital. Aquella que mira hacia el río Dulce, y que los sábados por la tarde se llena de parejas que trotan sincronizadas.
Un camión regador pasó mojando la tierra. Aunque nos esquivó, logró despertarnos. El sol de la tarde ya calentaba la piel. Decidimos cargar los bártulos para conseguir alojamiento.
Era la primera vez que veíamos el Puente Carretero: a ese que uno de los nietos de la abuela María Luisa le dedicó una canción. La estructura está sostenida por unos triángulos de hierro anaranjado que le quitan toda identidad. Ni bien uno cruza en auto el río Dulce, que divide Santiago con La Banda, un olor a azahar penetra a través de la ventanilla.
Enseguida se ven multitudes. Hombres, mujeres; niños y viejos. Los primeros, de alpargata y bombacha de gaucho. No importa si la temperatura es de 40 grados a la sombra. Las reglas de la galantería obligan a usar boina de lana.
En la calle Ingeniero Iturbe 236, de barrio Los Lagos, El Gato nos espera en la puerta: “Si ustedes están felices, yo estoy feliz”, dice con una sonrisa de oreja a oreja. Y unos ojos azules penetrantes que le dan la excusa de su apodo.

En Santiago, la muerte no significa fin. La abuela puede no estar transitando este mundo terrenal. Pero sigue presente en las noches. Cuando alguno de sus nietos hable con ella para pedirle un consejo. Y por las calles, cuando su imagen aparezca estampada en los carteles. Con esa mirada de quien no le debe nada a nadie.
“Qué linda la chacarera / bailada en patio de tierra / debajo de una enramada / con techo de caña hueca”. La estrofa de Agustín Carabajal se lee en el baño de la casa de la abuela. O, mejor dicho, de la estructura que se edificó en el patio, cuando la fiesta de cumpleaños fue haciéndose masiva. En las paredes de color borravino se lee “changos” y “chinitas”.
Cualquier despistado podrá entrar a la casa preguntando por María Luisa. Y entonces gentilmente se le dirá que la mujer dejó de existir el 10 de agosto de 1993. El forastero preguntará si es ella la del cumpleaños. Y entonces se le dirá: “Si claro, festejamos igual”.
El patio de la casa de la abuela es como el patio de cualquier casa en Santiago: piso de tierra y asador. Los cumpleaños de la abuela son como cualquier cumpleaños en Santiago: tablones de madera, empanadas y vino. Canto hasta el amanecer. La diferencia es que la figura central del evento ya no transita este mundo terrenal.
María Luisa nació un 15 de agosto en Clodomira. Tuvo 12 hijos e infinidad de nietos, entre los que se destacan los famosos cantautores Cuti y Roberto Carabajal. Al cumplir ella los 50, le organizaron un buen festejo. Y fue tan exitoso que, a medida en que pasó el tiempo, fue haciéndose cada vez más masivo.
La casa les quedó chica: cortaron la calle. El barrio les quedó chico: pidieron a los amigos (entre ellos, El Gato), que prestaran el patio para recibir a los forasteros. Hoy la entrada es absolutamente gratuita. Al igual que la mayoría de los eventos que se realizan el fin de semana largo de agosto. Durante tres noches se corta la calle. Artistas locales tocan y bailan en el escenario central. El que no baila, bebe. Y el que bebe cuenta historias de ánimas y demonios. Hablan del almamula, la novia blanca, Kakuy o Salamanca.

En Santiago, el nacimiento no significa principio. Hay quienes vuelven a nacer después de entregar su alma al diablo. O, mejor dicho, a la Salamanca. Se internan en el monte con los instrumentos. Cavan un pozo y le dedican una canción. Hasta el día de hoy se escuchan esas melodías. Por más que se hayan tocado muchos años atrás.

El fuego está siempre encendido. El asador que Roque Rueda tiene en su casa –ubicada a 12 kilómetros de La Banda– se encuentra siempre listo para cuando el hambre aceche. Basta que uno de sus invitados sienta el despertar del instinto para que el hombre saque su facón con cubierta de cuero. Entonces cortará un pedazo de pollo o lechón y lo acompañará con vino.
Aquel domingo 17 de agosto, Roque conmemoró su cumpleaños número 58. Aunque en la familia no sobraba el clima festivo. El 3 de abril del año pasado, Antonia del Valle Bustos de Rueda (más conocida como "la mama") había dejado de existir. Su casa había sido siempre el epicentro de las celebraciones. Pero sus cuatro hijos –Graciela, Raúl, Miguel y Roque– decidieron buscar otro lugar.
El patio de María Antonia consistía de cuatro lotes. Dos algarrobos, dos mistoles y una tusca daban una sombra sin igual. Siempre activa, siempre joven es como Rubén (hijo de Roque) recordaba a su abuela. Como si fuera una leyenda de una propaganda new age. “Hasta hace poco tiempo, la veías hachando en el monte. Con sus cabras y sus ovejitas”.

Las llagan aún no cicatrizan. Por eso decidieron festejar en lo de Roque. Igual que en el patio de la abuela Carabajal, se extendieron los tablones de madera y las sillas plegables. Las mujeres se encargaron del hojaldre con dulce de leche. Los hombres, de la bebida.
El sábado por la noche, Roque encendió el fuego. Y al mediodía del día siguiente, los invitados comenzaron a llegar. Algunos elementos me resultaban familiares: bailarines que levantan polvaderal en el piso de tierra. Músicos con guitarra, bombo y violín. Y hasta ese momento, algo que me había pasado inadvertido: el rol protagónico de las abuelas en cada composición familiar.

¿Se puede zapatear tanto la tierra hasta levantar polvaderal? ¿Se puede agitar tanto los pañuelos hasta desatar el viento? ¿Se puede ser más feliz?

La tarde nos encuentra en el patio del Indio Froilán, el extenso espacio que este lutier de bombos tiene en el norte de la ciudad de Santiago. Durante el fin de semana largo de agosto, también se llena de asistentes.
En el camino que conduce al patio del Indio, un complejo de dúplex llama la atención. Están rodeados de una tapia pintada de color naranja. Con rombos y guardas un poco cutres. Las casitas llevan la misma decoración.
Más tarde me enteraría que allí viven 22 familias de la comunidad aucajkuna del pueblo Tonocoté. Todas tenían sus casitas en Boca de Tigre, un terreno que se extendía más allá del patio del Indio Froilán. Pero fueron desalojados en agosto del año pasado, después de que el ex gobernador Gerardo Zamora impulsara una ley que les expropiaba sus tierras. Ellos resistieron, pero el Estado avanzó igual.
Hoy quedaron destinados a estos dúplex, que son como guetos, y recuerdan a las ciudades barrios de la provincia de Córdoba. Del bosque nativo, no quedó ni mu.
Pero en el patio del Indio nadie parece advertir inequidades. Todos bailan una chaya riojana con cara de buena gente. Están tan felices que no imagino sean otra cosa que excelentes personas.
La noche del domingo nos despedimos de La Banda en la Fiesta de los Violineros. La que todos los años tiene lugar en el Club Ciclista Olímpico. Es el único por el que hay que pagar. Esa noche toca el Raly Barrionuevo. Desde las gradas, mujeres acarician a sus maridos. Y sus maridos relojean a otras mujeres. En el escenario, hombres lamentan sus penas con el violín. Con una mano acarician el instrumento. Con la otra, lo castigan. En la pista, pañuelos desafían la ley de la gravedad. Parejas se enamoran.

Y hasta el día de hoy, cuando la rutina gana en ley su batalla, vuelvo a escuchar esa zamba. Los recuerdos invaden con su eco. Se resisten a dejarme ir como las ánimas se resisten a abandonar el monte.




















 
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