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sábado, 22 de agosto de 2015

Quizás en nuestros trabajos podamos adueñarnos del destino. Pero cuando estamos en otra parte del mundo, tenemos que estar listos para dejarnos llevar. Hay que animarse a perder el control. Y eso es lo más lindo de la travesía: entregarnos a lo que tengamos que vivir. Perdernos en la ciudad sin mapa ni relojes. Así fue cómo conocí a Teresa, la cantinera estrella del Mercado de San Pedro, en Cusco.  



Venía de un viaje de estómago revuelto y hombros cansados de cargar la mochila. Era una mañana de marzo en la que tomé rumbo hacia el mercado más popular de Cusco. Ya me habían hablado de los licuados, mezcla de frutos de estación que se eligen ahí mismo en los mostradores.
Caminé por calle Tupac Amaru e ingresé directo por la puerta cinco. Allí donde un letrero amenazaba: “Amigo de lo ajeno: prohibido el ingreso al mercado bajo pena de arresto y golpiza”.
Y ahí estaba ella. Sostenía su generosa humanidad en una pequeña banqueta de madera, detrás de un mostrador que actuaba además de barra para los lugareños. Del lado de adentro, se cocían guisos en gigantescas ollas de metal. La fuerza de la ebullición hacía mover las tapas y despedía un sabroso aroma a sopa de abuela.
Digo abuela porque es común que estando lejos uno asocie rostros, sonidos o situaciones a personas que fueron importantes. Es como una forma de evitar el desarraigo. Mi abuela Corina se me vino a la mente apenas conocí a Teresa.

Su discurso -plagado de diminutivos y una entonación cantadita- otorgaban ese aire de abuela dulce a esta mujer de 70 años. Cuando la conocí, pelaba papas en el banquito de madera. Nunca vi a nadie trabajar a una velocidad similar, excepto por mi madre cuando despellejaba las perdices que mi papá cazaba en el campo. Otra vez el recuerdo familiar. Hace tiempo que estaba lejos de casa.
Del otro lado de la barra, su hija Norma cortaba una calabaza en trozos. Era un vegetal blanco, parecido a un melón, sólo que gigantesco. Llevando la sartén por el mango, enumeró los ingredientes de la receta milagrosa. Primero se hierven unos trozos de cordero, junto con el ajo machacado. Si la carne está muy dura, se pasa a una olla a presión. Luego se agregan las verduras: calabaza, papa, zanahoria, apio, repollito y chauchas (“lo de adentrito se come”). El toque final está dado por dos especias andinas: el huacatay y la asnapa, una mezcla de hierbas aromáticas.
“Es increíble que en Argentina, con todo el campo que tienen, sólo siembren soja. Las frutas y los vegetales son fundamentales para nuestros hijos. Los peruanos le damos mucha importancia a la nutrición. Por eso los McDonalds aquí nunca han funcionado”, cuenta Norma, ex enfermera que dejó el oficio para pasar más tiempo con su familia y darle una mano a su mamá en el puesto del mercado.
“Amor, amor. Apúrale mamacita. Échale cariño”, ordena Teresa.

A las 12.30 en punto, comienza a agolparse la gente en el mostrador. Vendedores, artesanos, oficinistas o albañiles hacen cola para degustar el mejor chuño de Perú.
-         Por favor, mamacita. Dame un chuñito con poca carne. Es que tengo un diente flojo-, pide una chola con sombrero y falda bordada.
-         ¿Me pasas el rocoto?-, ordena un viejito de gorra y lentes oscuros.
-         Ya papacito-, contesta Norma. 

 
Uno a uno va degustando su chuño, a cinco soles cada uno. Y en la barra se ha abierto un debate. Carlos, arqueólogo del Ministerio de Cultura de Cuzco, polemiza con el precio del maíz: “El Valle Sagrado supo ser famoso por tener los mejores granos de la región. Pero cuando se puso de moda la quinoa, los productores orientaron sus esfuerzos al producto que más cotizaba. El precio del maíz de fue por las nubes. Como a tres soles el kilo. Y ahí fue cuando decidimos dejar de comprar. No les quedó otra que bajar el precio”.
Norma asiente con la cabeza: “Somos gente muy unida. Nunca nos quedamos callados. Cuando el boleto del transporte se puso caro, los estudiantes se amotinaron. No dejaron salir los buses de la universidad. A los empresarios no les quedó otra que bajar el precio”.
Con ojos de abuelita, Teresa me ofrece un plato de chuño. Le comento mi malestar estomacal. Lejos de darse por vencida, me pide que regrese en una hora. “Le preparo un macarroncito sin papas. Le va a hacer bien”. Esta vez me pregunta en quechua: 
- ¿Kutimunki?-, (¿Vuelves?).
- Sí-, contesto.
- Suyas aseiqui- (te voy a esperar).
Cómo no volver.

Al puesto de doña Teresa regresé ese día, y el siguiente, y el siguiente. Nunca me cobró.











jueves, 8 de enero de 2015

En este puesto de montaña que mira hacia el Champaquí, el calendario se detuvo en el 13 de junio. Y el reloj de pared, en las seis y diez. Ambos permanecen inmutables ante el paso de las horas, por más que ya sean las 12 del sábado 20 de septiembre de 2014. De la misma forma, esta casa de piedra y adobe crudo también parece rendirse ante el transcurso del tiempo. Aquí la sangre corre tanto como el vino: cuando se carnean vaquillonas o se entierran cuchillos en el corazón del agresor. Las muelas se arrancan de la misma forma en que se enlazan los potrillos. Las quebraduras se emparejan como si se entablillara a un ternero rengo.
Las Pampillas es el último puesto que subsiste como tal en el sur de la Pampa de Achala, aquel pedazo de Córdoba que bordea las Sierras Grandes y que concentra los ríos que abastecen al 80 por ciento de la población provincial. Durante buena parte del siglo pasado, eran 16 los puesteros que se radicaron en la zona. Pero la mayoría fue vendiendo sus terrenos por poca plata, se fueron yendo a los centros poblados, o al cielo. Atraídas por las grandilocuentes promesas del consumo, las nuevas generaciones se mudaron a la ciudad. Pero a sus ciento-y-pico de años, Marcos Domínguez sigue manteniendo viva la tradición serrana. Como el último individuo de una estirpe que se resiste a desaparecer. 



Existen varias formas de llegar. Una es más directa pero escarpada, desde Traslasierra vía Los Molles y Cuesta de Los Cerros. La segunda es por Villa Alpina. Quienes opten por esta última opción, deberán hacerlo caminando o a caballo.
Es la primera vez que visito a Don Marcos y elijo hacerlo con motivo de su cumpleaños número cien. A las 12 arrancamos la caminata que nos llevará rumbo al puesto. Marcos Paniagua, guía de montaña del Club Andino Córdoba, conduce al grupo. Llevamos dos carpas, aislantes, bolsas de dormir y vinos de regalo.
Al rayo del sol, andamos 13 kilómetros rumbo al oeste. Pasamos por la cuesta de La Mesilla, luego por el antiguo cementerio. Cruzamos el arroyo Los Socavones primero y el río Paso del Tabaquillo después. Al cabo de seis horas, llegamos a una planicie de pasto bien cortado, con forma de mesa de billar. Una chimenea humeante –la cocina de leña está siempre encendida–, es señal certera de llegada.
La cima puntiaguda del cerro Grande, más conocido como Negro, es lo primero que se distingue desde el gran ventanal de la cocina. Esta elevación de 2.629 metros sobre el nivel del mar y su vecino Champaquí (2.880) forman parte de las Sierras Grandes, la espina dorsal de Córdoba que se originó como desprendimiento de la cordillera de los Andes. El valor de este pedazo de provincia es incalculable. Un macizo de granito conforma el suelo, dentro del cual corre una cámara de magma. Cuando la lava hace fuerza para salir a la superficie, rompe la roca y se mineraliza en cuarzo, feldespato y mica. Las Sierras Grandes son además el tanque de agua de la provincia. Durante épocas de lluvia, funcionan como esponja porque retienen el agua. Y en épocas secas, largan el elemento vital en forma de ríos o arroyos. 
Todas estas cuestiones eran desconocidas por los primeros pobladores. Ellos simplemente buscaban un terreno donde criar su ganado. En una extensión de 245 hectáreas, nuestro personaje puso en marcha su hacienda. Se dedicó a la cría de ovejas, cabras y vacas. Aprendió a hilar la lana y a realizar frenos y látigos de cuero. Gozó de la época de oro de las sierras, en la que todos los puesteros vivían solidariamente. Si alguno necesitaba techar su rancho, todos iban para su casa. Si otro precisaba esquilar, también. Las tareas siempre terminaban con una ronda de vino. 

Una riña de gallos
El día de su cumpleaños, Marcos Domínguez está sentado en la punta de una mesa, en un comedor abarrotado de parientes y “turistas”, como llaman los paisanos a quienes no son oriundos del lugar. Lleva un sombrero de ala ancha con sus iniciales, poncho rojo y una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos luminosos están fijos en una torta, con una mirada de quien no le debe nada a nadie. Tiene el rostro surcado por arrugas, pero aparenta ser mucho menor.
A juzgar por las velas, no es posible determinar cuántos años tiene. La torta con cobertura de chocolate y grageas lleva la siguiente inscripción: “Sin cuenta”. Más tarde me enteraría que es posible que Marcos tenga más de cien. Cuando nació, su madre no lo inscribió en el registro. Recién pudo hacerlo a los 15 cuando intentó en Alta Gracia hacerse enrolar.
“La vida es para estar tranquilo y contento. No hay que pensar macanas. Que Dios les pague todas las gauchadas que ustedes han hecho por mi”, dice el viejito antes de soplar las velas. Una multitud lo alienta, como si fuese estrella de rock.
Hacía dos meses que Jorge Pereyra –hijo de su segunda esposa–  venía  organizando los festejos. Cargó las bebidas a lomo de mula y pidió a quienes se acercaran que por favor trajeran ingredientes para el locro. El viernes anterior a la fiesta de cumpleaños, se vendieron 120 porciones. Y el día siguiente se carnearon dos vaquillonas para alimentar a 250 personas.
En la otra punta de la mesa está sentado Edgar Domínguez, sobrino nieto de don Marcos. El hombre, de 34 años, cuenta que prefiere mil veces la ciudad. Dice que trabaja como picapedrero en Las Rabonas y que así está mejor: “Es muy linda la montaña cuando sos chico. Cuando crecés, te tenés que mudar. En la sierra no hay futuro. Necesitás mucho ganado porque si no, estás frito”.
Su prima Marisel asiente con la cabeza: “Me fui a vivir a Córdoba porque a mi pareja no le gustaba el campo. Mis hijos no quieren saber nada con mudarse para acá. A ellos dejálos con la play que así están felices”. 


En una sala contigua a la del comedor, un guitarrero cierra los ojos al cantar, como si evocara los recuerdos más arraigados de su memoria. Dos paisanos se desmayan sobre un tablón de madera y meditan un sueño eterno.
“Yo amo a todas las mujeres porque nací de una mujer”. Ramón Quintero saluda sacándose el sombrero, sosteniéndose de la pared para no caerse. Su cerebro intenta enviarle órdenes a su boca, para que éstas modulen claramente las palabras, pero no puede. Está bien borracho. “Me dicen Panqueque. No es porque yo sea vuelta y vuelta. Me dicen así porque…”, y ya no se le entiende nada más.
El hombre extiende su mano para invitarme a bailar y muestra los pocos dientes que le quedan. Acepto una pieza de chamamé que resulta interminable. Ramón domina el baile mucho mejor que su discurso. Está claro que en la pista las palabras sobran. Más parejas bailan; ellas de jean y ellos de poncho y zapatillas. Dos hombres se disputan por una mujer. Se amenazan, gritan. Parece una riña de gallos que evoca épocas más primitivas.



Recién al día siguiente puedo hablar con Marcos. Mi intención era levantarme temprano, pero no pude. Cerca del mediodía, y con el apuro por tener que regresar antes de que anochezca, pido hablar con el viejito justo cuando se disponía a almorzar. Asombrosamente acepta y de muy buena manera.
Ahí me enteré que este personaje nació en Paso de Garay. Que sus padres eran muy pobres. “No sé si me querían. Me conchabaron a los 12 años”. Dirá que fue entregado a la familia Quinteros. Que con ellos aprendió a trenzar el cuero, uno de sus principales sustentos económicos. Y que en 1939 se casó con Carmen Antonia López. “No era linda, pero no me importó. Una vez un amigo me dijo que si me casaba con una mujer bonita, todo el mundo me la iba a mirar. Pero una esposa fiera es igual que una perra parida. Nadie te la toca”, y se ríe.
Contará que mediante un sistema llamado “el tercio”, se ganó 300 ovejas y 70 cabras. Valga antes una aclaración: ya me habían advertido que Marcos exageraba. Y que a veces mentía. Pero lo cierto es que hacia comienzos del siglo pasado, los dueños de las estancias pagaban muy bien a los puesteros. Por tres cabras u ovejas que nacían, una iba para el trabajador. Con la necesidad de establecer su majada, Marcos se instaló en Las Pampillas en 1940. De la misma manera se habían aquerenciado otros 16 puesteros más.
“Yo soy el último de los puesteros –me dice don Marcos-. Todos se fueron muriendo, o vendieron los campos por muy poca plata. La única forma que me lleven de aquí tendrá que ser en el cajón”. El reloj marca las 13.45 y Marcos, el guía, me indica que debemos partir. “Ésta es la historia. Tengo que volver”, repito como un loro durante todo el camino de regreso.

Un salvaje sin domesticar
La segunda vez que vuelvo a Las Pampillas, elijo hacerlo a caballo. Conseguir animales y guía no es tarea sencilla. Debo comunicarme varias veces con una radio central. A través de un handy, un operador le avisa a Jorge que lo busca la periodista que estuvo para el cumpleaños. El hombre sale del puesto para agarrar señal. Al cabo de unos minutos lo llamo a su teléfono celular y recién ahí le cuento los detalles de mi plan. “Por radio no podés decir nada. Todos en la zona la escuchan y son muy chusmas”, advierte.
Jorge me pone en contacto con su primo Osvaldo González. Y éste, junto con su hija Adriana, me guían durante el trayecto aquella inestable mañana del viernes 3 de octubre. Salimos tres horas después de lo previsto. El día amanece lluvioso. El clima recuerda que, en la montaña, la naturaleza domina al hombre y no al revés.
El paisaje alterna escarpadas cuestas con pastizales llanos. Osvaldo no ha parado de hablar por celular en todo el viaje. Me sorprende eso: la hiperconectividad. Adriana me pregunta: “¿Tenés Facebook?”. Con una mano sostiene la rienda; con la otra, su teléfono.
Mientras recorro nuevamente los 13 kilómetros, escucho la primera asombrosa historia de uno de los antiguos puesteros del Champaquí.


A Osvaldo González lo llaman “El Salvaje”. Este apodo no es porque se haya criado como un animal en el medio de la selva. Lo conocen así porque nació en el monte: su mamá no llegó al hospital. Corría entonces el año 1972 cuando Sara Ledesma decidió mudarse a la casa de sus padres, en Alto El Chicharrón. Por ahí cerca vivía doña Melsa de Pino y cada tanto su casa funcionaba como dispensario. Los doctores Tomás y Agustín Caeiro ya le habían advertido que su hijo nacería en agosto, muy posiblemente el 29.
Pero el parto se anticipó y a comienzos de mes la mujer tuvo las primeras contracciones. “Se enfermó”, como dicen en la zona. Su esposo Ramón González ensilló los caballos. Le dijo: “Comadre, nos vamos para el pueblo” y partieron hacia Villa Alpina.
Cuando estaban en camino, la mujer advirtió: “Mirá que no llego”. Y sus palabras sonaron a profecía. En el medio de una cuesta, Ramón detuvo los caballos. Retiró los aperos y con ellos armó una camilla. Osvaldo nació un 5 de agosto en La Mesada Alta, camino al pueblo. Desde ese día lo llaman “El Salvaje” y ninguna mujer lo ha podido domesticar.

“No merece la gracia de Dios”
Seguimos en camino. Pido a Osvaldo que pasemos por el antiguo cementerio del Champaquí. A simple vista, parece un puesto abandonado. Un conjunto de piedras perfectamente ensambladas rodean el perímetro del camposanto. Adentro, las tumbas más antiguas están identificadas con una cruz herrumbrada. Las más viejas son de 1941. Las más modernas tienen nichos de cementos con fotos, placas de bronce y flores de plástico. Los apellidos se repiten: Olguín, Pino, Merlo, Domínguez, González y pará de contar. De tanto en tanto, una mata de yuyos verdes corta con el gris del pedregal.
Quien no esté apurado y tenga un mínimo ojo suspicaz, podrá darse cuenta de que por fuera del camposanto existe otro rectángulo más pequeño. También formado por piedras, el cubículo se ubica entre el cementerio viejo y el costado este del cerro La Mesilla.
Aquí yace Chichi Olguín, hijo del puestero Raúl Olguín, protagonista de una de las historias más tristes que se recuerden en la zona. Era muy joven cuando decidió quitarse la vida, tirándose por un precipicio. Más joven todavía cuando mató a su hermano de una cuchillada. Pero a criterio de los serranos, aunque haya sido chico para discernir, no merece ser enterrado dentro del camposanto. Debe permanecer afuera para no alterar a las almas que fueron bendecidas por Dios.



Por la izquierda para darle la contra
Llegamos al puesto sobre el filo de la noche. Minutos después, se larga el aguacero. Un viento fuerte arremete con los dos árboles autóctonos de la entrada. El río Paso del Tabaquillo, que se encuentra a metros de la casa, se desborda por completo. Quedamos aislados.
Por suerte Jorge y su esposa Miriam López nos esperan con mate extra dulce y pan casero. Aclaran que, en el campo, la infusión amarga es sinónimo de desprecio. Comentan que el tío Marcos no se siente bien: “Debe ser por la fiesta”. Su hijo Jean Carlos juega al truco con Alberto, única descendencia de don Marcos. Mientras el mate va y viene, las historias siguen el mismo curso.



Jorge comenta que con las largas distancias y el difícil acceso a un centro de salud, el puestero se las arreglaba como podía. Las mujeres daban a luz en sus viviendas con la ayuda de su mamá, la partera Rosario Nelly González. Los remedios caseros marchaban a la orden del día. Las “testes” (verrugas) desaparecían con curas de palabra, es decir, rezando dos oraciones: una a Jesucristo y la otra al santo del cual se sea devoto.
Cuando al caballo le daba un ataque de “pasmo” (se le secaba el vientre y se le ponían los ojos llorosos) era necesaria una cura de rastro. Había que acercársele despacio y con los brazos cruzados, agarrarle las orejas. Sin dejar de rezar, pegarle tres tirones. Echarle un baldazo de agua fría entre la panza y las patas. Cuando el animal lanzaba un suspiro, era señal de que se había curado.
Si tenía mal de querencia, otra cura de rastro. Porque podía pasar que el caballo no se acostumbrara al pago. Había que juntar grasa de gallina y mezclarla con ajo picado. Comenzando por la pata derecha delantera, pasarle el ungüento rezando a Jesucristo y luego al santo del cual se era devoto. Luego se hacía lo mismo con la pata izquierda trasera y las dos restantes. Y para llegar a ellas, era necesario girar siempre en sentido de las agujas del reloj. ¿Por qué por la izquierda? Se sabe que las cartas se dan por la derecha. Cualquiera que lo haga de otra manera estará faltando el respeto. Al caballo en cambio hay que darle la contra. “Así le trabás la querencia”, cuenta Jorge y entrega otro mate extra dulce. 




Cuando la lana se cotizaba 
Llega el momento de llevarle el té a don Marcos. Me ofrezco para hacerlo. Encuentro al viejito absorto en sus pensamientos, con la mirada fija en la ventana de su habitación, como aquel día tenía la vista fija en la vela. Acepta la tasa y se mete el pan en el bolsillo. Dice que es una costumbre que le quedó de chico: guardárselo para cuando asalte el hambre. Sus manos parecen dos guantes estrujados.
“Vi tantas cosas en mi vida que estoy encandilado”, bromea. Cuenta que hallar una cantera de berilo fue una de las cosas más asombrosas que le pasó en la vida. Fue una tarde en la que enfiló rumbo al poniente, en busca de una ovejita perdida. Hacía tanto calor que se sentó a la sombra de un tabaquillo. Estaba justo armando un cigarrillo cuando vio el mineral, todo verde y puntiagudo. Durante los días que siguieron sacó piedras y más piedras de esa cantera. Salían solas, sin la ayuda de un barreno. Dice que se hizo una pequeña fortuna y que pagó todas las cuentas en el almacén Sol de Mayo.
También contará que hasta la década de los sesenta, el cuero y la lana se cotizaban bien y los puesteros podían vivir de los animales. Con 700 kilos de lana alcanzaba para tirar todo el año. Pero con el desembarco de la fibra sintética, los productores textiles dejaron de comprar. Este derivado del petróleo representó para el campo el principio del final.
La suerte nunca le ha faltado, aclara. Marcos cursó hasta segundo grado y se define como autodidacta. “Una vez que aprendí las letras, les hice decir lo que yo quería”, y se ríe con los pocos dientes que le quedan.
El reloj marca las 18 y comienza a anochecer. “Ya se escuchan las ovejas llegar. ¿Qué tan tarde es?”, pregunta don Marcos. Cuenta que a las 10 larga la majada y que a las 16 los animales comienzan a regresar al corral. Dos horas más tarde, ya están todos de regreso. Entiendo que está cansado y lo despido. Con esfuerzo se levanta para ir al baño. No acepta mi ayuda. Bajo la llovizna y en andador, cruza despacito el patio.


Con un pico clavado encima 
El sábado amanece igual de lluvioso y por el clima no podré regresar. Deberé esperar hasta el día siguiente. Miriam enciende una vela y le pide a Dios, a la virgen y a todos los santos que cuelgan de su altar que por favor proteja a los maratonistas que ese día se disponen cruzar corriendo desde Yacanto. “Que sea lo que Tata Dios quiera”, dice con una mirada que enternece. “Que no les pase lo que a Luisita Salinas –agrega Jorge–, que la mató un rayo”. Sus palabras no alientan.
Aprovecho para llevarle de nuevo el té a don Marcos y esta vez se lo ve de mejor semblante. Vuelve a guardarse el pan en el bolsillo. La cara se le ilumina cuando le pregunto cuántos “leones” cazó en su vida, que es como llama a los pumas. Dirá que mató a 150. “El último lión que pillé, lo agarré saliendo del filo. Era un bicho laaargo, ya me había comido un cuarto de la majada. Le tiré los perros, agarré una piedra y se la partí por la cabeza. Lo enlacé y lo acogoté”. Ese día se ganó las apuestas que el resto de los serranos había depositado en la llamada "caja leonera". 
Con oído extraordinario y memoria de elefante, nombrará uno a uno a los antiguos puesteros. Dirá que las nuevas generaciones elijen la ciudad y las que permanecen, convierten los sitios en albergues para montañistas. Reitera que es el único que queda. No está errado: según los registros de Catastro, el 70 por ciento de las tierras de la región le pertenecen a dos sociedades anónimas. Una de ellas figura con una dirección de Capital federal. Asombrosamente en ese lugar, no hay uno sólo cartel que la identifique.
Cuando la charla esté llegando a su fin, preguntaré si tiene cuentas pendiente. Una vez más, el fuego avivará sus ojos y con la exageración que lo caracteriza contará su última anécdota: “Una noche venía de El Bordo, un bar que había cerca de La Cumbrecita. Ya se estaba haciendo de día. Al alba y desde el caballo, vi una luz al norte de El Champaquí. Como una quemazón que ardía. Al otro día fui a ver y no había ni rastros del incendio. Me acordé de Pancho Ledesma, un amigo, que me supo contar una historia hace tiempo. Me dijo que en ese lugar había una mina de oro, con un pico plantado encima. Otra noche me volví a fijar y ardía”.
Marcos concluirá que quiere ponerse fuerte para trepar el Champaquí. Dirá que hallar esa mina de oro es su materia pendiente. Encontrarla le dará paz. Así recién podrá partir tranquilo al cementerio, única forma posible de abandonar su querido puesto.


Fotografías: Mariano Paiz



* Este artículo fue publicado en enero de 2015 por la revista Energía Positiva, del Sindicato Luz y Fuerza.

jueves, 14 de agosto de 2014

En su memoria lleva estampadas las imágenes de su infancia. Casi por instinto, las plasma con óleos en el lienzo. Rose Minassian de Sukiasian pintó varios cuadros de Cordelió, el lugar donde respiró sus primeras bocanadas. Y hoy, a un océano de distancia, las muestra con aire de satisfacción en su casa de barrio Pueyrredón, de Córdoba capital.
Haciendo fuerza con el respaldar de la silla, levanta con las manos sus 91 años de humanidad. Mirando uno de sus cuadros exclama: “¡Ay Cordelió! Ahí pasé mi infancia hasta que me tuve que ir. ¡Qué triste! El último paisaje que vi fue el de Smyrne en llamas. Los turcos perseguían a los armenios. Incendiaron la ciudad para no dejarlos escapar”.
Cuando Rose era pequeña, Cordelió era una zona pacífica de Smyrne que le pertenecía a los griegos. Por toda la región vivían muchos armenios acaudalados. Pero en los comienzos del sigo 20, los turcos comenzaron sus ansias de expansión. Buscaron recuperar territorios perdidos, como la antigua zona de Smyrne (también llamada Esmirna). Y lo hicieron de la peor manera: buscando y aniquilando a cada armenio de la región. La ciudad fue incendiada en 1922. Rose tenía entonces ocho años. 
“Miren a Smyrne por última vez’, nos dijo la mucama. Cuando nos acercamos a la ventana, vimos la destrucción. Había llamas sembradas en zigzag. Gente que corría por todos lados, hombres que se quemaban vivos. Todos querían salvarse. Pero, como no podían, se tiraban al mar”, recuerda la mujer.
Junto a las mujeres de su familia, Rose se escondió en la casa de unos amigos franceses que le dieron resguardo: los Lohner. Ellas pudieron escapar. Los hombres no.

El grito de los castigados
“Una noche estaba en casa. Eran las cinco de la mañana. Las ventanas estaban a medio abrir. Y alcancé a ver a millones de hombres, de 16 hasta 70 años, que marchaban en una calle ancha. Estaban todos atados y caminaban en una fila interminable. Pasaron así durante ocho o diez horas. Estaban atados por detrás y por el costado, para que no pudieran escapar. Enseguida mamá me mandó a dormir. Cuando me levanté, al otro día, todavía seguían pasando”.
Fotografía Gentileza de Nicolás Bravo
Entre los prisioneros había caras conocidas, como la del carnicero. “Todavía recuerdo sus lamentos. Como cuando les pegaban con el látigo”, cuenta la mujer, y suelta un dramático quejido para evocar el grito de los castigados.
Con el apoyo de la familia que las albergaba, pudieron huir del país simulando ser refugiadas francesas. Llegaron al puerto diciendo: ‘je sui francê’ y la marea de gente se abría para dejarlas pasar. Los gritos ensordecían porque la tortura continuaba. A los hombres los arrojaban contra la pared y les pegaban latigazos.
“Abandonamos Cordelió en un barco. Cuando nos alejamos de la tierra, vi cientos de hombres flotando en el mar. ‘¿Qué están haciendo esos señores en el agua?’, le pregunté a mi mamá. A lo que ella contestó: ‘Nada, Rose. Están haciendo la planchita’".
Al cumplir 15 años comprendió el porqué de los incendios, las muertes y las torturas. Y que todos aquellos hombres no estaban nadando en el mar. Yacían sin vida.

Una carta pidiendo esposa
Las mujeres de la familia Minassian se establecieron en la isla griega de Mitilena. Allí retomaron los estudios. Su mamá se dedicaba a la costura."Las muchachas de buen pasar podían casarse. Eran solicitadas por los hombres del lugar. Pero para nosotras, que éramos pobres, casi no teníamos esperanzas".
Pero el destino se empeñó en cumplir sus deseos de formar familia. Cuando la adolescencia le entraba en puntas de pies, una carta llegó a su casa. Venía de una tal ciudad llamaba “Córdoba”. Allí, un señor de una muy buena posición (“un buen partido”) escribía solicitando esposa. Su apellido era Sukiasian.
Y allí partió Rose con una maleta de cartón a un barrio llamado Pueyrredón de un país llamado "la Argentina". Se casó y transcurrió sus años mozos siendo una esposa fiel y dedicada.
Hoy recuerda y pinta. No quiere paisajes en llamas, sino lugares bonitos. Antes que el rojo del fuego, prefiere el azul del mar. 


Más información: 
"Panturquía" se llamó al movimiento étnico destinado a recuperar los territorios de la Gran Turquía. En 1922, los turcos incendiaron Esmirna (Smyrne) en su intento por recuperar antiguos territorios. La ciudad le pertenecía a Grecia, y allí vivía un gran número de armenios acaudalados. 
La limpieza étnica fue otra de las avanzadas turcas. Miles de armenios fueron aniquilados. Fue la persecución más prolongada de la historia. Se inició en 1895 y continuó en 1923 con Kemal Ataturk ("padre de Turquía").










domingo, 10 de agosto de 2014

Algunos tenemos el karma de llegar a fin de mes con 100 pesos en el bolsillo, después de haber pagado la luz, el agua, el alquiler del departamento y el de la cochera del auto. En cambio otros, como Rodolfo Rada, tienen algo muy distinto en mente: conseguir aceite de cocina ya utilizado en algún restaurante para encender a “Laurita”, un Volkswagen Golf modelo ‘87 con el que viene recorriendo el continente desde 2002.
La comparación no tiene el cometido de afirmar cuál de los dos estilos es más sacrificado. En ambos la vida se presenta como un desafío. La diferencia es que las coordenadas del tiempo y del espacio son distintas en un caso que en el otro. Y la noción de las limitaciones –de lo que se puede hacer o no–, también.
Rodolfo, chileno nacido en Punta Arenas, tenía 10 dólares en el bolsillo cuando se propuso recorrer el continente. Pero no quiso andarlo porque sí, sino para concientizar a los jóvenes con un mensaje de cuidado del medio ambiente. Y en particular de los ríos. La bandera “No a las represas” se extendió, a bordo del Laurita, desde Vancouver (Canadá) hasta la Antártida.
“Yo era un instructor de kayak en Futaleufú, Chile. En ese entonces, un activista comenzó a hablarme sobre la importancia de cuidar los ríos y sobre las nefastas consecuencias que generaban las represas. Esos megaemprendimientos buscan generar energía pero a costa de los ríos. Modifican su cauce, generan sedimentos y destruyen la fauna y flora autóctona. Lo mismo sucede con las comunidades que viven de los ríos. La gente deja de sustentarse a través de la pesca. Los mandan a vivir a casas de cinco metros cuadrados”, afirma Rodolfo.
Después de la charla en Futaleufú, se propuso recorrer el continente llevando el mensaje de “No a las represas”. Llegó con unos centavos hasta Vancouver, donde organizó un campeonato de kayak para juntar fondos. “Con 4 mil dólares, compramos un Golf modelo ‘87, motor 1.6. El auto ya era diesel, pero le colocamos un sistema que le permite funcionar con aceite de cocina. Al sistema lo venden los países desarrollados y uno lo consigue en Internet”, cuenta.
El motor de “Laurita” es igual que el de un auto común. Se trata de un coche híbrido que se enciende en diesel. El motor calienta el agua del radiador que luego enciende el aceite. Y no hay diferencia para el auto, excepto que se pierde el 15 por ciento del rendimiento pero se ahorra en combustible. “En dos años utilizamos 8 mil litros de aceite y nos ahorramos 10 mil dólares”, resume.

Y la hazaña sigue. Después de varias pruebas, la primera expedición continental del Laurita arrancó en Vancouver el 28 de octubre de 2008. Llegó a ., al sur de Chile, el 14 de agosto de 2010. En el camino, los compañeros de travesía (Rodolfo junto a otros cuatro aventureros) conocieron en persona a Chespirito, al presidente de Ecuador Rafael Correa, a los cantantes de Aterciopelados y a Miss Mundo de Colombia. Todos dejaron su firma en Laurita, como un contrato de copropiedad. “Si lo firmás te hacés dueño. Te podés subir cuando quieras”, reitera.
En todos estos años el proyecto se sostuvo con el aporte de voluntarios. Los dueños de restaurantes aportan el aceite. Y en cada ciudad donde paran, dictan charlas por un precio “a la canasta”. Pero sin dudas, el mayor inconveniente lo tuvieron con los controles policiales.
“En dos años nos pararon policías en 350 ocasiones. La negociación más difícil fue con los argentinos en Neuquén, en el paso por Osorno. Nos pedían que dejáramos el aceite. Nos decían que era combustible y nos cuestionaron que el auto tuviese firmas en las ventanas. Como si los polarizados no contaran en Argentina”, agrega.
Después de 15 minutos de negociación, se produjo con el policía aquel maravilloso punto de inflexión que los comunicadores llaman rapport. “Cuando le dije que el aceite nos servía para hacer funcionar el auto, y que de esa manera impedíamos que se contaminara el ambiente, el hombre me miró. Se quedó pensando unos minutos y gritó: ‘¡Pero si vos sos el pibe que salió en Discovery Channel! Pasen muchachos’. Y respiramos aliviados”.

Reloj sin arena. Al tiempo de Rodolfo no lo determina el reloj. Por más que quiera, nunca podría poner un horario de partida y programar: “Me voy a las 8 o a las 10”. Laurita parte sólo cuando un alma caritativa aporta el aceite.
“En muchos países está prohibido tirar el aceite de cocina. Contamina el medio ambiente. El problem
a es que no existe regulación y entonces la gente lo tira por la canilla y el círculo no tiene fin. Nosotros reciclamos el aceite y además contaminamos menos, porque tiene un 60 por ciento menos de emisión de gases que un combustible común”.
Rodolfo es el tercero de una familia compuesta por cuatro hermanos. Todos tienen empleos estables en el exterior. Su padre, un activista opositor a Pinochet, lideraba el centro de estudiantes de la Universidad de Magallanes cuando, el 11 de septiembre de 1973, ocurrió el golpe contra Salvador Allende.
Este joven nació en la dictadura pero sus ansias de libertad lo llevaron a desconocer fronteras. “En varias oportunidades me quedé sin un peso pero nunca me faltó quien me diera una mano”.

Publicado el 2 de marzo de 2011 en Día a Día. 











domingo, 3 de agosto de 2014

Esos son los ojos que lo han visto todo. La vida, la muerte: las dos juntas a la vez. La mirada de Lei Yom se inyecta de sangre cada vez que alguien le pregunta por Pol Pot, el dictador que acabó con la vida de 1,7 millón de camboyanos. Su ceño se frunce al recordar cómo su casa fue incendiada en manos de los jemeres rojos. Su esposa pariendo, su pueblo abandonando.
Lei Yom es el director de una orquesta que ofrece música camboyana en la entrada de un templo de Angkor, a 12 kilómetros de Siem Reap. Dirige una organización que además ayuda a todos los ciudadanos que fueron víctimas de Pol Pot, el “Hitler del sudeste asiático”. El chiflado que quiso implantar, entre 1975 y 1979, un régimen marxista en el que sólo tendrían lugar los campesinos. Intelectuales, funcionarios, profesores: todos fueron liquidados o reclutados a trabajos forzados en los arrozales.
En Camboya, decir 15 de abril es como decir martes 13. Porque aquel día de 1975, las fuerzas de Pol Pot entraron a la capital Phnom Penh custodiado por su ejército al que llamó “los jemeres rojos”. El dictador fue muy hábil para nombrar a sus soldados. Utilizó el nombre de la nación que entre el siglo 8 y 12 construyó la hermosa ciudadela de Angkor. En los templos milenarios hay músicos, como Lei Yom, que encuentran un sustento a través de sus melodías.
Pero volvamos a aquel martes 13. Nuestro personaje, el músico, tenía por entonces 12 años cuando su ciudad fue incendiada. Su casa se redujo a cenizas. Sus padres fueron asesinados. Cuatro de sus ocho hermanos desaparecieron sin que nunca los pudiese encontrar.
Lejos de masticar la bronca, Lei Yom estudió composición musical y se convirtió en maestro. Creó un grupo integrado por personas que perdieron parte de su cuerpo en las minas. Porque no sólo fue Pol Pot el que sembró, cultivó y cosechó el terror en Camboya. También fueron los norteamericanos que escondieron entre ocho y diez millones de minas en todo el territorio de la ex Kampuchea Democrática.
En la entrada de Banteay Kdei, ciudadela de Angkor construida en el siglo 12, me entrevisté con estos músicos. Pude hablar con ellos gracias a la ayuda de Savy Saler, un joven que vendía libros con retratos fotográficos de las víctimas de las minas. El adolescente estaba interesado en hacer saber los detalles de uno de los grandes genocidios del siglo 20.

La hambruna como gangrena
A diferencia del maestro Lei Yom al que la mirada se le enciende, a Tuntak los ojos se llenan de tristeza. El percusionista del grupo hace un esfuerzo por recordar los fatídicos años de los jemeres rojos. Sus manos comienzan a temblar. Los surcos que la vida le dejó en el rostro se llenan de sudor. “Pasamos mucha hambre –dice-. Un día, dos días sin comer. A veces conseguíamos una papa o algo de arroz. La mayoría de las veces teníamos que salir a robar”.
Tuntak tenía 14 cuando los jemeres entraron a cuidad. Lo reclutaron para sumarse al ejército. Allí aprendió a matar en nombre de una sociedad más equitativa y más justa. Tremendo anzuelo, ¿no?
La hermana de Tuntak, en cambio, fue obligada a trabajar en las plantaciones de arroz. De algo tenía que vivir el régimen. La moneda dejó de tener valor en Camboya, los bancos cerraron por orden del gobierno y el trueque se instaló en pueblos y ciudades. Rithy Panh, autor del libro La Eliminación, contó que su madre cambió sus últimas sábanas por un cuenco de arroz. La hambruna se extendió como gangrena.

Sonreír, nunca más
No existe dictadura sin enemigo. Real, o inventado. Por eso los bombardeos de Estados Unidos encajaron como anillo al dedo de Pol Pot. Cada vez que explotaba un B 52, más devotos ganaba el régimen. Cerca del 40 por ciento de la población fue deportada al campo, a trabajar en plantaciones de arroz.
Enero de 1979 le puso fin al genocidio. Las tropas vietnamitas derrocaron a los jemeres rojos. Por primera vez, la rueda de la fortuna se detuvo en la vida del percusionista Tuntak. En 1982 se casó con quien sería la madre de sus siete hijos. Se convirtió en granjero y se fue a vivir al campo. Pero la suerte se le escapó como arena entre las manos. En 1987 pisó una mina y se quedó sin su pierna izquierda.
Con pena y sin gloria se retiraron los jemeres de Camboya. Pero el padecimiento continuó. Porque los yanquis siguieron bombardeando, en su afán de acabar con el comunismo que se extendía en el Sudeste con Ho Chi Minh, en Vietnam. Tuntak se refugió en cavernas, alternativa de resguardo anti-explosiones que pulularon también en el vecino Laos.
Además de bombas hubo minas. Se calcula que entre ocho y diez millones de explosivos fueron sembrados en Camboya. En todo el mundo existen 120 millones. Cientos de mutilados piden limosnas hoy en los templos de Angkor Wat, principal atractivo turístico del país. Otros aprendieron a tocar un instrumento y, como Tuntak y Lei Yom, se ganan el sustento en las entradas de las ciudadelas. No reciben subsidio del Estado, pero sí la ayuda de Hero Cambodia, una organización no gubernamental.
Comienza a atardecer. Los músicos juntan sus instrumentos para regresar a sus hogares. Aprovecho para hacer mi última pregunta a Tuntak, el percusionista:
–Después de todo lo vivido, ¿le queda a usted una sed de venganza?
–No – responde-. Aunque nunca más pude volver a sonreír.




Gentileza Valeria Duarte
Más información: 
www.herocambodia.webs.com 
Rithy Panh, La Eliminación. Editorial Anagrama, 2013. 
Yasuhiro Tokoro, Mines 0. 

  











miércoles, 30 de julio de 2014

El señor Lee es uno de los pocos taxistas de Bangkok que acepta cobrar por metro. El resto de los choferes de esta ciudad prefiere el sistema del regateo. Este consiste en poner un alto precio por tramo, escuchar la contraoferta del turista y negociar un monto en un sobreactuado ritual que deja conforme a ambas partes. Sin embargo, por más que el pasajero sienta que ha logrado bajar enormemente el precio inicial, este sistema deja mucho más rédito al chofer que el taxímetro mismo. El tramo que va desde la céntrica calle Rambutti hasta el Shopping Siam Parangon costará, en el mejor de los regateos, 46 pesos. Con el otro sistema, máximo 30.

Lee no se prende al juego. “I don´t cheet you. You don`t cheet me. Cheeting, Laying. Not good”, expresa en un inglés de segundo año de academia. Nacido en la isla de Hainan, China, 86 años atrás, el hombre se vino a Bangkok por una cuestión elemental: tenía hambre. Fue a los 56, en la época de Mao Tse Tung, de quien prefiere no hablar. Cuando le pregunto qué opina del hombre que instauró la revolución comunista en China, cambia radicalmente de tema. Algo similar a lo que me sucedió en Laos, cuando preguntaba a la gente cuestiones que tenían que ver con la política local.
“No money, no honey”. Esta es una frase trillada en Bangkok que Lee repite hasta el cansancio. Cuenta que al dejar China abandonó además a su esposa y su hijo, de quienes nunca más escuchó hablar. Si hoy le preguntas qué edad tiene su hijo, responderá “I am not sure. 56, I think”. Nunca más volvió a hablar con ellos. Por falta de dinero no puede volver a su tierra. Por falta de dinero no puede contactarse con su familia. Si no tiene con qué mantenerlos, es mejor que no aparezca, opinan. “It is all about money. Like the song. Money, money, money”, y tararea el musical de Liza Minelli chasqueando los dedos de su mano izquierda.
Lee trabaja de 6 a 18 todos los días del año. Con lo que gana puede pagar la renta y la comida, que en Bangkok es cada vez más cara. “Todo lo que hago es trabajar. Usted es joven. Tiene hermanos, padres, amigos. Pero cuando es viejo como yo, se queda solo. Entonces trabaja, trabaja, trabaja. No le queda tiempo para pensar. Si piensa, se pone triste. Si se pone triste, se enferma. Si se enferma, no tiene quién lo cuide”.
El tránsito infernal demora aún más la llegada y el relato a este punto nos ha hecho llorar. Para cambiar el clima, le pido algo de música de su país. Lo cual asiente y dice: “Ahh ¿Quieres música de China? Pues bien, escucha esto”. Saca un CD grabado de la guantera del auto, lo pone en el estéreo y lo que suena a continuación sorprende.

Es la canción Obladí Obladá de Los Beatles, tan alegre, tan energética que invariablemente el clima denso que antes reinaba en el auto amaina. Lee intenta bajarse del auto para bailar en la calle. Lo hace, el tráfico es infernal. Hay seis carriles, tres de un lado y tres del otro, completamente atascados. Pienso que en cada una de esas filas hay al menos una historia como la de Lee. Y yo dirgiéndome a un lujoso centro comercial. La culpa cristiana me invade. Le pido que regrese al auto.
El hombre vuelve a tomar el control del volante y muestra los músculos de su brazo izquierdo. “Look. I am stroooong”, dice estirando la última estrofa de la frase. El CD de los Beatles continúa y entonces sigue cantando. “If you think too much, you are sad and sick. I try to be happy. I am ok. My heart is clean”. Y baila.

miércoles, 15 de mayo de 2013


Azul es el color que predomina en la obra de Marco. Lo tranquiliza. Sentado en un tarro de pintura, convierte en acuario gigante a la pared de una agencia de turismo de Morro de San Pablo. Peces multicolores que se pierden en el azul del mar.
Pintando es como Marco cura sus heridas. Aunque para él, el arte es mucho más que eso. Es un don de Dios que le permite llevar la pesada carga de su vida.
Nació en Antives, Francia, en 1969. En 1993, desembarcó en Prenambuco, Brasil, una de las capitales del carnaval. Conoció a una lugareña, se enamoró y se casó. La vida le dio el remanso de dos hijos pero la turbulencia del desamor. Su esposa nunca lo comprendió, dice mientras pinta, jamás comprendió que el alimento del artista es la libertad. Sólo sin cadenas puede nadar en las turbulentas aguas de su existencia. Como los peces que hoy retrata. Naufragó en las costas del alcohol y se quedó solo, triste y sin medio centavo.
“Sufrí de chico, sufrí de grande y sigo sufriendo”, dice mirándote directamente a los ojos.
Pero no todo fueron llagas en sus manos de pintor. Las clases de arte que impartió en Pernambuco le trajeron satisfacciones. Nunca olvidará el día en el que sin querer se dio vuelta y con el pincel manchó una delgada raya el lienzo de una de sus alumnas. Pidió disculpas. Pero no hicieron falta. Asombrada, su discípula le explicó que esa ralla coincidía con la quebradura del barco que estaba pintando. Tal como mostraba la imagen del original. “Ahí fue cuando me di cuenta de que tenía un don”, revela mientras recarga el pincel con un azul marino.
Instalado en Morro desde hace 5 años, Marco no tiene más pertenencias que sus pinceles y acrílicos. A veces el sol del mediodía le anticipa la sed. Pero él sigue pintando, tras la mirada de los turistas que pasan en frente, por la Playa Dos. Hasta que se da cuenta de que han pasado 12 horas desde aquel aviso de su garganta.
Con erres gangosas asegura que seguirá pintando. Si llegara a quedar ciego, no importa. Se volcará a la escultura y modelará con sus manos la forma de su próxima vida. Una más piadosa, quizás.



Alojamiento: Paraiso do Morro. Terceira Praia S/N. (75) 36521121
Pasaje Morro / Bahía: 160 reales.
Alojamiento en Morro: 173 pesos argentinos por noche habitación doble.
330 reales (444 pesos una noche y media)
Cena en La Tabla: 52 reales, 135 pesos.
18 reales una clase de yoga.
 
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