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martes, 12 de junio de 2018

Muchos asocian a los gitanos con las carpas alfombradas, los colchones apilados y una vida itinerante, de acá para allá. Sin embargo, Guillermo Traico –60 años, calvo y espalda robusta– está pintando su casa de rojo.

Amante de los espacios amplios, también construye dos habitaciones más en planta alta. Su casa está en barrio San Nicolás, epicentro del mundo gitano, al este de la ciudad de Córdoba.

“Si vos me preguntás ahora, me quedo mil veces con la carpa – asegura el hombre, pantalón y remera negra, collar de oro y anteojos RayBan–. Amo mi raza. Me encanta andar de un lado para el otro. Pero si el mundo cambia, nosotros también tenemos que cambiar”.


La familia Traico vive en barrio San Nicolás, epicentro del mundo gitano en la ciudad de Córdoba 

Para este pueblo de costumbres milenarias, es cada vez más complicado encontrar un terreno donde establecerse. Ya casi no quedan sitios baldíos y sus propietarios no los tratan bien. 

“Teníamos que decir mentiras piadosas para que nos prestaran un espacio. Que el jefe no estaba, pero que vendría luego a dar las gracias. A esa mentira la queremos sacar. Eso quiero que pongas: los gitanos somos independientes. Trabajamos por nuestra cuenta”, agrega Guillermo, quien se dedica a comprar y vender camiones.

El vocero de la familia Traico nos ha citado en su casa para hablar sobre un proyecto que tiene en mente: la creación de la primera iglesia gitana en Córdoba. Hace dos años, conoció al Papa Francisco, en la convocatoria del sumo pontífice a todos los gitanos del mundo. Y desde ese momento mastica la idea, para la cual, asegura, ya consiguió lugar.

La misa que planifica estaría presidida por un pastor evangelista, gitano claro, y sería abierta para todos los credos. “Acá todavía no tenemos curas de nuestra raza, en España sí; pero ya los vamos a tener”.
“Si hay un solo Dios, ¿por qué tenemos que estar divididos en tantas iglesias? Poné que lo digo yo: ‘Si hay un solo Dios, ¿Por qué tenemos que estar divididos en tantas iglesias?’”.

Traico se sienta en la punta de  una mesa y muestra las fotos que se sacó con el Papa. Como buen jefe que es, intenta monopolizar el eje de la charla. Ya no quiere hablar de la iglesia, todavía no tiene los detalles. Quiere hablar sobre discriminación.


Guillermo Traico intenta monopolizar el eje de la conversación. 

–¿No se contradice la religión católica con sus costumbres ancestrales?– pregunto. 

–No –responde Traico–. Las gitanas adivinan, es un don que Dios les dio. Entonces, si vos tenés fe, ellas te curan. El empacho, la ojeadura, la pata de cabra, todo eso te curan. Siempre hacen el bien. No hay gitanas brujas.

El hombre se levanta de repente y pide que lo acompañemos a su altar. Atravesamos un pasillo que cruza la cocina y allí, en una mesa con mantel, reciben ofrendas dos imágenes de Yemanyá. “Le doy caramelos, perfumes, sandía, melón. Todo eso quiere ella”, asegura, en relación a la diosa suprema del candomblé, religión negra del norte de Brasil.

La reina del mar no está sola. En el altar se mezclan estatuillas de vírgenes: la del Valle, de Catamarca, y la de Lourdes, de Alta Gracia. Velas, flores y espejos conviven en armónico sincretismo.


En el altar gitano, la diosa del mar Yemanyá convive con vírgenes cristianas. 

El milagro del lavarropas

Raquel Traico conoció a su esposo Guillermo el día de su casamiento. En ese entonces vivía en un pueblo cerca de Goya, provincia de Corrientes, y tenía 19 años. “Mi suegro era muy amigo de mi padre. Un día vino a casa y estábamos sentadas las tres hermanas solteras: Marta, Viviana y yo. ‘Elegite la que quieras’, le dijo mi papá. ‘Me gusta esa’, contestó mi suegro, sin conocerme. Al tiempo me estaba casando con alguien que nunca antes había visto”, relata.

La mujer, de pelo canoso atado con un pañuelo –como establecen las reglas para las casadas–, no se queja de la elección. “Gracias a Dios tuve un marido bueno, tres hijos, 13 nietos y seis bisnietos. Pero tengo conocidas que no tienen opción. ¿Creés que te miento, hija?”.


Traico presenta sus nietas solteras. A los esposos los eligen los cabecillas de la familia. 
Los gitanos tienen reglas muy estrictas. En este mundo no está permitido el noviazgo y los padres eligen los candidatos de sus hijos. La mujer debe llegar virgen al matrimonio, por respeto a los cabecillas de la familia. Así se defienden los pueblos que han sido desplazados: con normas rigurosas que protegen sus tradiciones.

Raquel, de 64 años, tampoco encuentra contradicciones entre sus costumbres ancestrales y la religión católica: “Yo soy espiritual. Leo la suerte. Hoy ya no ves gitanas que adivinan en la calle. Lo hago aquí, en mi casa. Mi hermana Lucrecia también lo hacía, pero ahora entró en la religión evangélica y ya no lo hace más. Hay muchos gitanos evangélicos”.

La mujer recibe en su vivienda a hombres y mujeres que buscan respuestas en la palma de la mano.  Aquí está más cómoda que en la carpa. “Antes, para lavar la ropa, tenía que pedirle agua a una vecina y llenar la palangana. Ahora, gracias a Dios, tengo lavarropas”.

La familia se excusa de no poder ofrecer el tradicional té con canela y frutas. La casa está en obras. Guillermo nos acompaña hasta la puerta, y ahora sí se queja sobre la discriminación: “Dicen muchas cosas de nosotros, hija. Las madres asustan a sus chiquitos: ‘No salgas a la calle, te va a llevar la gitana’. Y cuando nos ven, se cruzan de calle.  Imaginate cómo nos sentimos.  Poné que yo digo: ‘No somos fantasmas’. ¿Pusiste?”

 Al despedirnos, prometemos volver al barrio para el 8 de diciembre. En el aniversario del Día de la Virgen, la comunidad prepara un gran festejo. Guillermo saluda desde la puerta, agitando sus enormes manos: “Vas a ver que somos familieros. Amamos el respeto, casi tanto como el oro”.

Los Traico, exponentes de una enorme raza ancestral, apenas si caben en esta casa de barrio San Nicolás. Nosotros, “los criollos”, nos vamos con la sensación de haberlos espiado solamente por la mirilla.



Artículo publicado en Día a Día el 18 de noviembre de 2017. Fotografías de Nicolás Bravo. 





domingo, 10 de diciembre de 2017

Shiva Kumar Rai lleva en sus genes el ADN de los kirati, la más prestigiosa casta de chamanes de Katmandú. Cuando su padre murió, en marzo del año pasado, le dejó tres hermanos de distintas madres –uno de ellos nació tres meses antes que él– y un legado de sabiduría ancestral basado en un complejo sistema de influencias de nueve planetas. Este aprendiz de hechicero tiene lo que todo nepalí aspira a tener: un buen apellido.

Llegué a su casa de barrio Naikap, al noroeste de la capital de Nepal, invitada por una amiga en común. El patio estaba ordenado y limpio, algo inusual en Katmandú, y en una de las paredes borravino había una campanita que cada tanto alguien hacía sonar para ahuyentar los malos espíritus.

El repiqueteo de varios tambores sonaba desde el interior de la vivienda, a la que sólo se accedía descalzo. “El universo está lleno de sonidos. Sin música, no podemos comunicarnos con la energía”, diría más tarde el  anfitrión, quien lleva 23 años estudiando chamanismo, pero aún no ha logrado graduarse.



Su escasa estatura no hacía justicia de su discurso seguro: Shiva era capaz de convencer al más incrédulo. Esa tarde calurosa de abril, llevaba una boina marrón.


"El miedo bloquea el sistema de chacras– dijo, en relación a los siete puntos energéticos del cuerpo–. Hay que volver a la naturaleza porque allí habitan los espíritus que nos ayudan a tener un buen karma".

Sonriendo con su dentadura perfecta, resaltada por su tez morena, sirvió un delicioso té negro de jengibre y pidió que regresara al día siguiente, para una sesión “de limpia”, donde “desbloquearía mi energía”. Le hice caso, reconozco, por curiosidad.

Malas constelaciones

Volví puntual a la hora convenida. Con cara de dormido, Shiva me preguntó si tenía la regla. Aclaró que la menstruación era un período de purificación y que, durante ese tiempo, no estaban permitidas las curaciones. Recién cuando me reconocí libre de pecado, pude entrar a su templo de sanaciones, hechicerías y misterios.

La aterradora imagen de Bhairav, el dios del fuego, oficiaba de bienvenida, con sus cuatro manos y su corona de calaveras. Entonces recuerdo que, en Nepal, las divinidades no siempre están en paz y pueden también demostrar ira. Cielo e infierno son dos piezas que se encastran en una indisoluble realidad.

Máscaras aterradoras miraban hacia el sur, el sitio donde habitan los seres del purgatorio. “Para luchar contra los demonios, mejor tenerlos en casa”, comentaba el aprendiz de chamán. Colgando del techo, antiguos tambores de cuero. Y, en una especie de altar, tres elementos: un cuenco con arroz, un jarrón con helechos y una vela siempre encendida.



Una viejita de pelo negro, tirante hacia atrás, entró mirando el suelo. Era la tía de Shiva, perteneciente a la misma casta –así se define, como en India, la estricta división social entre familias–. En un dialecto que no pude reconocer, preguntó por qué había venido, y él me tradujo. Entonces hablé de mi mal de tiroides y de lumbar. Comenté que, cuando me enojaba, no lo decía en el momento y después explotaba.

Me senté en el piso sobre un almohadón, cerré los ojos y escuché a la hechicera cantar una especie de mantra.

La mujer tomó mi muñeca, como si midiera el pulso, mientras recitaba su salmodia. Continuó con la mano derecha y, al detectar el mismo punto, supe que algo no andaba bien. Su canto se tornó potente, frenético, impulsivo. Hasta que estalló en grito. Abrí los ojos: noté su mirada desencajar. ¿Qué pasó? “Es que tenés los planetas desalineados”. ¿Cómo?

–Todos los seres estamos conectados a un círculo de nueve planetas –tradujo Shiva–. Pero además existen otras constelaciones que nos traen problemas. Las llamamos grahas. Hace unos tres meses, los planetas se te desalinearon, te quedaste sin trabajo y sin amor, bajo la influencia de malos espíritus.

–Pero tengo trabajo y amor–, retruqué.

–Sí, pero eso hace que explotes. No te preocupes, el dios supremo de los hinduistas también quedó encerrado en una mala constelación. Entonces se convirtió en escarabajo y pudo salir, ayudando a fertilizar la tierra.



Amuleto con instrucciones

La viejita retomó su salmodia valiéndose de las medicinas de su altar. Con el humo de la vela formó aureolas. Cantó más fuerte. Con el agua del florero me bendijo. Cantó más fuerte aún. Con el arroz del cuenco, me lo tiró como ofrenda, hasta que el rezo se volvió grito y el grito temblor. Se sacudió así, poseída, tal como la viajera Alexandra David-Néel describió una sesión espiritista del Tíbet:


"Cuando el médium comienza a temblar compulsivamente es que ya ha tomado posesión de él un ser del otro mundo: dioses, genios, demonios o espíritu de un muerto. Entonces se pone frenético y canta, con voz entrecortada, lo que el personaje invisible quiere comunicar".

Así estaba la mujer, traduciendo quien sabe qué cosas desde el más allá, hasta que largó un alarido y se desplomó. Tardó unos minutos en recobrarse, tomó el cuenco de arroz y salió de la habitación. Regresó con la compotera vacía y un talismán –un colgante de hilos de colores–, que me entregó con estrictas instrucciones: no dejar que nadie lo tocara.

Me levanté del suelo –estaba mareada– y entregué a Shiva mi contribución. Antes de irme, le pregunté cuánto tiempo duraría mi desbalance. A lo que contestó:

–No sabría decirte. Tres meses, o tres años quizás. 

Dejé atrás las calaveras y las máscaras horripilantes. Antes de cruzar las rejas negras, hice sonar la campana para ahuyentar los malos espíritus. Por las dudas nada más.




La gran noticia del año en el Tíbet no es la aparición de un nuevo monje iluminado, o la repatriación del Dalai Lama. Es el desembarco del primer McDonalds y la primera Nike store. En un shopping flamante en Lhasa, la capital, estos dos colosos ponen un pie en el último bastión donde lo espiritual –hasta ahora– sigue siendo ley. 

La lucha de fuerzas entre lo sagrado y lo profano es un choque cultural que aquí se transmite en cada esquina. China, que llegó en 1959, arrasó con todo y, por ahora, a pesar de la presión internacional, no piensa volver atrás.

Aterricé entre el Himalaya –y sus picos que superan en casi dos mil metros a nuestro Aconcagua–, con una mentira. Dije que era maestra. “No puedes mencionar que eres periodista –me recomendó Guzmán Escardo, guía español, en mis preparativos de viaje–. Es posible que no te den la visa. Además, no lleves libros porque te los quitan, y menos si son del Dalai Lama”. Seguí su consejo.

El Gobierno de Beijing permite las visitas de los extranjeros en la región, sólo con compañías de turismo autorizadas por ellos mismos.


Un guía menudo y sonriente me cuelga una estola de satén al cuello, en el aeropuerto, en señal de bienvenida. Lo llamaremos –para no comprometer su nombre– Pemba, “nacido un viernes”, como acostumbran bautizar a los tibetanos. En la traffic blanca con la que recorreremos estos siete días, el guía advierte: “Hablar sobre la relación de China con Tíbet no está permitido aquí”, y señala una cámara de seguridad entre el acompañante y el conductor. Un gran hermano que todo lo escucha.

Cuando ya empezaba a arrepentirme de mi obstinación por la Ciudad Prohibida, el panorama, afuera de la traffic, cambia. Allí, en las calles aún se respira espiritualidad. Mujeres con polleras hasta los talones pasan cantando y girando, siempre hacia la izquierda, sus molinillos de oración, pues así establece el rito que las prepara para la próxima vida. Algunas se persignan y se tiran al piso. Los hombres acompañan con sus sombreros de fieltro y sus rosarios de 108 cuentas, número sagrado en el Himalaya, que en sánscrito significa “reino de las nieves”. Recitan pasajes litúrgicos y mantras, como el todopoderoso Om mani padme hum.


En este gueto sin China, los taxistas no conducen vehículos: pedalean tricicletas. Atrás, en un carro, dos pasajeros llevan un termo con chang, la cerveza artesanal que en Tíbet se toma como en Córdoba el Fernet con Coca. Son monjes de rostros altivos –aquí se los venera como en Argentina un futbolista–, y da la impresión de entrar a una maravillosa cápsula del tiempo. La piel se te eriza como por arte de magia y el profano Occidente queda fuera de juego.


Resistencia silenciosa 

Al día siguiente, cuando partimos al campo base del Everest, a Pemba se lo ve preocupado. El dueño de la agencia lo había retado por mencionar la tensión de China con Tíbet. ¿Cómo se había enterado? Fácil: por la cámara de seguridad. Continuamos viaje hablando sobre filosofía. 

“Todos los fenómenos que percibimos son producto de la mente –sentencia con tono de sabio–. Nuestra conciencia agitada produce temores, alegrías, odios y deseos. Hay que liberarse de todas las cadenas. La paz es para quienes dejan escapar lo que han sujetado”.

Un oficial con sombrero de plato nos saca de nuestras cavilaciones. Pide el visado y entrega un papel con estrictas instrucciones: tenemos tres horas para recorrer los 105 kilómetros que nos separan de Yamdrok, el lago sagrado. Cualquier minuto de más, se paga con una espera al costado de la ruta. El presidente chino y líder del Partido Comunista, Xi Jinping, controla así la identidad y velocidad de los vehículos que transportan extranjeros. La ley no es pareja para todos: autos de alta gama con patente china–Audi, BMW– pasan echando chispas.


Cuando aparecen las primeras banderas de oración, es claro indicio de que llegamos a un sitio sagrado: el Yamdrok, un lago turquesa a 4.400 metros de altura. “A las banderolas las llamamos lungta, caballos del viento, porque esparcen a través del aire el mensaje de Buda y ayudan a las personas a alcanzar el despertar”, explica el guía. Cada tela, que el creyente deposita con una intención, lleva inscriptos pasajes de antiguas escrituras y alternan cinco colores. Son los cuatro elementos de la naturaleza, más el cielo, en azul.

Estas mismas banderas flanquean los techos de los antiguos poblados, viviendas de piedra con murales de bosta de vaca, que se secan al sol y luego sirven como combustible para las calderas. Pero nuestros caballos de viento no están solos en el transparente cielo del Himalaya: compiten con los estandartes chinos –rojos con estrellas doradas–, que el Gobierno de Beijing obliga a colocar, bajo pena de castigo.


Tras hacer noche en Shigatse, capital de Tsang, partimos rumbo a Rongbuk, un antiguo monasterio de la secta ñingma, “los antiguos”, a pocos kilómetros del campo base del Everest. Por la mañana, el sol refleja en las nubes más altas y entonces el pico más alto del mundo parece prenderse fuego.


Regresamos a Lhasa, tras pasar por Gyansé, con su castillo y monasterio amurallado. Un monumento recuerda la victoria de los tibetanos ante los ingleses, en 1904, cuando éstos trataron de anexar el sur de Tíbet. Los británicos ya habían colonizado la India y esta región les servía de barrera contra los rusos. Hoy sin embargo, el principal recurso es el agua, siendo la reserva más grande del planeta.

En el camino, paramos en un antiguo poblado, donde Saymu, “la última hija”, alimentaba las cabras de su corral. “Antes de los han –dice, en alusión a los chinos–, trabajábamos como burros para aristocráticos y monasterios”. La campesina, de rasgos similares a las cholas bolivianas, simpatiza con el país vecino, porque ellos trajeron la modernidad: escuelas, salud, carreteras. “Por ahora, nos dejan conservar nuestras tierras”, agrega. La otra cara de la moneda.


Esquivando una majada de ovejas, retomamos la ruta para avanzar hacia el Tíbet profundo, donde los estandartes chinos comienzan a escasear, hasta desaparecer. Entonces, desde lo alto de los tejados, sólo cabalgan los caballos de viento, con banderas de cinco colores, esparciendo sus mensajes de salvación. Una resistencia silenciosa amparada por el cielo.

La nueva fórmula 

Ya de vuelta en Lhasa, ciudad prohibida y musical, peregrinos rodean un templo de techos dorados, cantando sus mantras. Es el Palacio de Potala, antigua residencia de los Dalai Lamas, excepto del actual, exiliado en  India. Lejos de las cámaras de seguridad, Pemba reconoce que quisiera salir de su país, pero no puede. Para conseguir el permiso debería casarse con una extranjera y, de ser así, visitaría la actual residencia del Dalai.

Tres detalles llaman la atención en este Vaticano de los budistas, y quizás sean signos de los nuevos tiempos, de cómo Tíbet lidia con un mundo, ni plano ni redondo, sino hiperconectado: una viejita corrige su renguera con un bastón de trekking. A pocos metros, un monje se cubre del frío con una campera de montañista Noth Face. Y más acá, un campesino baja alegremente las escaleras con zapatillas Nike, último modelo.

Al principio estas escenas parecen desencajar en la cápsula del tiempo. Sin embargo, quien sabe, quizás sea la fórmula de un mundo nuevo, donde lo sagrado y lo profano, lo moderno y lo antiguo, puedan convivir en paz. Un avance, a tranco lento, hacia el futuro donde los monjes comerán Big Mac y, Dios quiera, los chinos puedan detener sus autos de alta gama y sentarse a meditar.




domingo, 10 de agosto de 2014

Mary, Lucía, Silvana II, Fabiana IV. La mayoría de los botes de Jericoacoara tiene nombre de mujer. En esta playa paradisíaca del estado de Ceará, en Brasil, el mar se retira unos doscientos metros cada mañana. Los barcos encallan en la arena. Hasta que, horas más tarde, vuelven a bambolearse cuando el agua hubo regresado. Por la tarde.
No hay mejor metáfora para describir lo que sienten Mary, Lucía, Silvana, Fabiana. Las mujeres de los pescadores. Ellas conocen la hora en que sus esposos salen a trabajar, para internarse en el incierto estómago del océano mismo. Pero no saben a la hora que vuelven.
En cada partida el corazón se les estruja. La sangre se les va del cuerpo, como las aguas se retiran de la playa. Y recuperan el flujo normal de circulación con el alivio de saber que los hombres están otra vez en casa. Cuando esos anchos hombros conocidos se asoman en el umbral de la puerta.
“Amor me voy en busca de algún atún. O de un tiburón. De esos que se hacen rogar”, seguramente escucharán entredormidas. Y de ahí rezarle a Dios para que el vientre habitado no de señales de alerta. O para que el niño no despierte y pregunte otra vez por su papá. Y aunque un cantautor madrileño pidió “que los que esperan no cuenten las horas”, es muy difícil para Mary, Lucía, Silvana y Fabiana no dejar suspendido el corazón con cada partida.

Jean fue pescador en buena parte de sus 30 años. Una vez por semana partía en una precaria carcasa de madera rumbo a los destinos inciertos del mar. Barcas sin motor y con vela, a entera disposición de los vientos del norte de Brasil.
Hasta que un buen día se dio cuenta del peligro que corría. Y de todo lo que su mujer sufría. Por eso dejó el oficio que había aprendido de generación en generación y se convirtió en mozo de un restaurante de la Rúa Do Forro de Jericoacoara. Estos no son tiempos para soñadores.
Mientras saca un pargo del refrigerador y lo pone en la parrilla, accede a contar su historia. “El de pescador, es un trabajo muy sacrificado. En cada salida hay que navegar entre ocho y diez kilómetros para recién poner el anzuelo. Las barcazas son muy débiles.Son canoas con velas, muy poco resistentes a las inclemencias del tiempo”.
El hombre de 30 años agrega que, por cada salida, un pescador regresa con entre veinte y treinta kilos de mercadería. Que el atún es el bicho más difícil de pescar. Porque se está extinguiendo. Al igual que los tiburones.
“Se sale a las cuatro de la mañana, pero no se sabe a la hora que uno vuelve. Por eso decidí dejar los botes, aunque pescar es lo que más me gusta hacer en el mundo”, cuenta con ojos tristes.
El pargo ya está listo. A Jean lo apuran para que deje de conversar. “El pulpo asado es lo más rico que existe en el mundo –comenta-. Se lo hierve por 15 minutos. Se lo pone a la parrilla, y listo. Vieran qué linda sensación cuando uno lo saca del agua”. Y sus ojos vuelven a centellear.


Más información:
El Parque Nacional de Jericoacoara fue creado en febrero de 2002. Las 8,850 hectáreas conservan el ecosistema costero y preserva los recursos naturales. Sus paisajes más conocidos son las dunas que se mueven en forma de media luna. Y la formación rocosa formada de cuarzo de color anaranjada.
El transporte desde Fortaleza cuesta 110 reales. Un pargo en el restaurante de Jean, 86.
Baiao de Dois  (arroz, porotos negros y queso) a cuatro reales. Macaxeira (mandioca frita) a cinco reales. 




 











miércoles, 30 de julio de 2014

Let it go. Con esta frase es como Sirin y Ratirose Supaporn resumen uno de los preceptos de Buda. No es que ellas como seguidoras no tengan necesidades materiales. Lo importante es no quedar atado a ellas. Lo mismo con los afectos, el dolor y el rencor. “Por ejemplo, yo ansío este celular y lo tengo. No pasa nada con querer tenerlo. El tema es no ponerme mal en caso de que lo pierda”. Quienes profesan el budismo insisten en que no hay que aferrarse a nada. Ni material, no emocional. Y que el ser humano tiene que lograr la autosatisfacción.
La casa de Ratirose (Rose) y su madre queda a unas cuadras del mercado de Chatuchac en Bangkok. Fue construida hace 30 años por los padres de Rose. Cuando ella cumplió los ocho, se mudaron. Hoy tiene 35 y acaba de dar a luz a Tawan, que significa sol en tailandés. Al tiempo en que construía su casa, Sirin, su mamá, plantó un mango que hoy supera en altura al propio techo de la casa. “70 de los 100 mangos que da se lo comen las ardillas”, explica la mujer de una manera muy particular. Mantiene el relato con una seriedad de templo. Pero a la hora del remate, larga siempre una carcajada. Los Supaporn viven en una armónica vivienda del noreste de Bangkok, siguiendo las costumbres del lugar. En el techo tienen la típica casa de los espíritus, donde suelen retirarse para rendir culto a su religión. En la ducha hay piedras en el piso. Y fuentes con agua en distintos rincones. Abundan además los floreros. Dos puertas de madera tallada separan la sala principal del resto de la casa.
“Agrio, dulce y picante, la comida tailandesa tiene que rendir estos tres atributos”, comenta Sirin al servir la mesa. Distintos cuencos con variados platos, todos para compartir. Una sopa picante, arroz, pollo y vegetales. “Los turistas suelen venir y tatuarse la imagen de Buda. Nosotros consideramos que es una falta de respeto. Así como comprar una estatua y ponerla sobre el piso. La imagen siempre tiene que estar arriba. En un lugar donde nos pueda ver. La cabeza, al igual que los pies, son para nosotros sagrados”.
Prueba de ello es que en una ocasión en la que visitamos el centro comercial de Bangkok, los puentes peatonales estaban cortados para el público. Al igual que la calle, ya que en instantes iba a pasar la familia real. No entendíamos bien por qué tampoco podíamos circular por arriba. A lo que nos contestaron: “Es imposible que alguien pueda pasar por encima de la cabeza de la familia real. Es algo sagrado”.
Esta fue mi primera aproximación al budismo. Espíritu que recién pude entender cuando estaba abandonando Tailandia.


viernes, 10 de mayo de 2013




Mercado de Sao Joaquim, Salvador de Bahía

De canuto pero no tan canuto, el hombre vendía pastillas para rendir sexualmente. O al menos eso era lo que decía. Morocho, en cueros, bermudas y ojotas (calzado que usa el 80 por ciento de la gente aquí), el vendedor ofrecía unas pastillas azules. Estaba sentado en la Casa Rainha Do Mar, una santería del Mercado San Joaquín, de San Salvador de Bahía, al noreste de Brasil.
El hombre miraba antes de ofrecer su tesoro. Cuando veía un turista curioso, gritaba algo así como “Rats” (rata en inglés) y con los puños cerrados movía los codos hacia delante y hacia atrás. Como si estuviese esquiando.
Gabriela Parnetti, nuestra guía, nos explicó que lo que el hombre vendía era una especie de sildenafil (viagra) que efectivamente servía para rendir más en la cama. Pero además, tenía un plus adicional: un veneno para matar, no ratas, sino maridos infieles.
“Los diarios están plagados de historias de este tipo. La mujer de Salvador no tiene medias tintas. Si encontró a su marido en la cama con otra, lo mata. Y al otro día sale en los periódicos: ‘Hombre fue hallado evenenado en su casa”, dice Gabriela. Y ahí queda. Como un acto de justicia más. Todos en Bahía siguen con su vida.
De la misma manera, la vida en Salvador no admite grises. Las cosas son o no son independientemente de lo que la mente disponga. Si llueve y uno está en el carnaval, no hay problema. La fiesta sigue. Si dan ganas de orinar, pues la calle es lo mejor. Nada detiene el instinto de un hombre que rinde culto a la naturaleza sin importar las normas sociales.
Así fue cómo conocí a este vendendor de Viagra, en pleno mercado de San Joaquín. Y encontré a hombres salir con una cabra viva en una bolsa de consorcio. “Para rendirle culto a Oxum, la diosa de la riqueza”, me apunta Gabriela al ver que mis ojos saltan de curiosidad. Pero en este mercado también se ven gallos para Ogum, el dios de la guerra. Aceite de dendé para Oxum, diosa de la hermosura. Cuernos de buey para Oxóssi y de búfalo para Xansá. Algo que le llaman fumo de corda (una especie de tabaco redondo).
Todos elementos para rendir a los dioses que, en esta parte del planeta, se llaman Orixás. Rito heredado de los esclavos africanos llamado “Candomblé”, similar al que profesan en Cuba.

 
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